Alpes 2013: ascenso al Monte Pelvoux, vía el couloir Coolidge

Si este post lo leyera alguien de antes de mediados del S XIX creería que estoy hablando de haber escalado la montaña más alta de Francia.

“Eso se pensaba en ese entonces”, me contaba luego del ascenso Eric, “cuando todavía no se había medido bien la Barre des Écrins y el Mont Blanc no pertenecía a Francia” y faltaban medir otras cumbres, imagino.

Además de Eric y yo, en el grupo estaban Alex y Zofia.

El 23 de junio por la tarde iniciamos la aproximación al refugio de Pelvoux (2700m) desde el camping de Ailefroide (1500m).

No habíamos podido comunicarnos con el refugio para reservar lugar ni cena, así que yo reconozco que estaba un poco preocupado de que no tuviéramos lugar o comida (lo cierto es que en los refugios nunca te dejan tirado, pero bueh).

Esta vez quise probar una nueva estrategia. En vez de subir con las botas de montaña, me calcé unas zapatillas y cargué las botas en la mochi. Cierto que cargaba más en la espalda, pero mis pies agradecieron no sufrir el calor de la tarde alpina en las botas preparadas para la nieve y el hielo.

Lo que no tuve en cuenta es que este año hubo más nieve que cualquiera de los anteriores que haya ido, así que en varios tramos del ascenso al refugio tocó meter las zapas en hondas huellas y torrentes más altos de lo ideal. Igual, con el sol que había, se secaban casi tan rápido como se mojaban.

En 3.15h de caminata llegamos al refugio, con bastante tiempo para acomodarnos y descansar. El tiempo fue bastante mejor que la última vez en que había subido hasta ahí, en que tardé 4h. En cualquier caso, por más que el día anteiror habíamos subido hasta 2200m, no estaba del todo aclimatado, y algo se sentía.

En el refugio nos explicaron que no nos habíamos podido comunicar porque no andaba el teléfono, pero hubo comida y lugar para dormir igual, sin problema.

El refugiero nos preguntó qué haríamos, un dato que necesitan para: saber dónde uno estará, por si acaso; dar información relevante sobre la vía; calcular a qué hora servir el desayuno, en función de lo largo del recorrido.

Le dijimos que intentaríamos la cumbre del monte Pelvoux por el couloir Coolidge (PD, II). “A las 3am”, respondió lacónico.

La comida fue muy buena, como siempre en los refugios. Tres platos, muy abundantes. Si las madres supieran que allí a uno le dan aún más comida que ellas (y uno la come toda), ¡qué celosas se pondrían!

Sorprendentemente, dormí bien. Entre la altitud, la ansiedad, el hecho de que las habitaciones están llenas de la humedad de los cuerpos que están allí apiñados, y el picor de las frazadas que dan, en general nadie descansa bien -aunque siempre mejor que en un bivac.

A las 3am arrancamos. Parte del recorrido ya lo conocía. La primera dificultad aparece justo detrás del refugio, cuando se debe escalar una pared de roca de unos 10m, para subir a una morrena, que finalmente desemboca en la parte baja del glaciar de Sialouze, la Bosse de Sialouze, que debe cruzarse de este a oeste, para acceder a la parte superior del glaciar y de allí al couloir Coolidge, por el que haríamos la parte más fuerte de la ascensión.

Algunos de los grupos que subieron decidieron encarar esa pared de roca con grampones puestos. Por suerte nosotros le hicimos caso al refugiero, así que fue mucho más fácil.

Otro elemento que facilito las cosas es que había luna llena, así que digamos que las frontales prácticamente no las usamos.

Las condiciones eran óptimas, la nieve estaba excelente y llegamos bastante cómodos al couloir, que ofrece una pendiente de unos 35 a 40° por unos 300m de elevación.

La cosa empezó bien, pero sobre el final del couloir Coolidge me empezó a afectar la altura, y me costaba avanzar. ¡Qué cosa, apenas por encima de los 3500m! Pero bueno, así son las cosas. Daba dos pacitos y paraba a tomar aire. Y así por un buen rato.

Finalemente, terminamos el couloir y llegamos al glaciar de Pelvoux, desde donde se accede a la cima, llamada Pointe Puiseux (3943m).

Como me costaba recuperarme, les dije a mis compañeros que los esperaba ahí, mientras ellos hacían cumbre. Por suerte, después de unos pocos minutos de descanso y de una insistencia de su parte que agradezco, dije que probaría.

Nos encordamos los cuatro, y como yo era el más lento, fui al frente para marcar el paso. Alcanzar la cumbre nos llevó apenas 20 minutos. Menos mal que dije que sí, cómo me habría arrepentido si no. Es más, el esfuerzo fue tal, que me emocioné al hacer cumbre.

Es un lugar precioso, con unas vistas increíbles.

Nos quedamos unos cinco minutos en la cumbre y luego iniciamos el descenso, que fue muy tranquilo.

En el refugio me volví a calzar las zapatillas, a meter las botas en la mochila, y bajamos a  un mericidísimo descanso.

Al llegar al camping me dí cuenta: haber bajado en glissade parte del camino desde la cima hasta el refugio tuvo su costo. Y alto. Por no acomodar antes el equipo que tenía en el arnés perdí un tornillo de hielo (¡aaaarggggg!) y una nut tool. En fin, algo se iba a cobrar la montaña, evidentemente.

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