Cairngorm John y el anónimo reparador de senderos

En las últimas semanas pasaron dos cosas que me pusieron a pensar más profundamente en esas personas que están en las montañas y que, sin que nos demos cuenta, nos ayudan a disfrutarlas y a salvar problemas cuando se presentan.La primera cosa que pasó es que leí Cairngorm John, autobiografía “profesional” de John Allen.Pongo profesional entre comillas, porque en el libro se concentra en su rol en el Cairngorm Mountain Rescue Team (Equipo de Rescate de Montaña de Cairngorm, en las Highlands de Escocia), un cuerpo cien por ciento voluntario.Allen pasó más de 30 años allí, la mayoría como líder. El libro deja a las claras cuánto hay que valorar que existan equipos como ese (voluntarios y profesionales) y cuánto más tranquilo uno puede sentirse en la montaña, sabiendo que ellos están allí.Pero también da a entender cuáles son sus limitaciones, y cuánto en definitiva es responsabilidad de cada uno.

Su lectura me volvió a dejar en claro varias cosas que, a veces, quienes amamos la montaña, olvidamos hacer o tener presentes:

  • Siempre avisar a alguien cuáles son nuestros planes antes de partir (si no a equipos como el de Allen se les hace casi imposible encontrarnos en caso de emergencia).
  • Llevar siempre el equipo necesario. En zonas como Escocia o los Alpes o Patagonia (o alta montaña en general) eso incluye abrigo suficiente, aún cuando hace calor, aunque pese. Uno no se puede confiar.
  • Hacer las actividades que permite el material que uno lleva encima y no intentar, por ejemplo, una escalada en hielo sin piquetas y grampones (aunque parezca obvio).
  • Llevar comida y agua (cuando esta no puede conseguirse en el camino).
  • Cada uno debe llevar algo de comida y su abrigo, linterna frontal, cuchillo o cortaplumas, etc. (No sirve de nada que quede todo en la mochila de una sola persona. Esa mochila puede caer o perderse, puede perderse la persona…)
  • Es fundamental saber usar bien mapa y brújula: voy a repasar todo bien. Y es ideal que cada persona tenga su propio mapa y brújula. No alcanza con uno solo por equipo.
  • No llamar a los servicios de emergencia en vano, pero no dejar de llamar cuando la situación realmente parece ameritarlo. Cada minuto cuenta.
  • Y la de siempre: si la cosa se pone fea, dar la vuelta antes de que se ponga peor.
 
Sendero hacia refugio Pelvoux

Tramo del sendero hacia el refugio Pelvoux que desapareció bajo los restos de una avalancha.

Lo segundo pasó en los Alpes. Si lo de Allen tiene que ver con cómo resolver o evitar una salida  que se volvió problemática, esto otro tiene que ver con el inicio de estas aventuras.En Les Ecrins me crucé varias veces con una cuadrilla -pequeña, de dos o tres hombres- poniendo en condiciones los senderos que van a los refugios.

Es un trabajo duro, paciente. Toman rocas del entorno para montar escalones, talan ramas, despejan hiebajos, montan bajadas de agua, todo con las mínimas herramientas, en lugares solo accesibles a pie. Si van a trabajar con alguna máquina pesada, tienen que subirla en sus espaldas: a veces son 40 o 50kg que cargan.

Seguramente yo no necesite escalones, ni tanto detallito en un sendero, pero muchas de las personas que me crucé eran mayores, gente de 70 años o más. O gente con ciertas dificultades para moverse. Y me parece justo que ellos también puedan llegar hasta la base del glaciar Blanc o al refugio Pelvoux y disfrutar de un entorno privilegiado.

Los senderos no se mantienen solos, e inviernos duros como el último pueden dejarlo en muy malas condiciones. Así que loas a aquellos que trabajan para mantenerlos abiertos y transitables.

Alpes 2013: travesía de Pointe Cézanne – Pic du Glacier d’Arsine

En la cima este de la Pointe de Cézanne. Al fondo se vé la Barre des Ecrins

En la cima este de la Pointe de Cézanne. Al fondo se vé la Barre des Ecrins

El miércoles 25 con Eric, por recomendación de Alex, encaramos el bonito sendero que sube al refugio del glaciar Blanc, desde el Pré de Madame Carle, para ascender a la Pointe Cézanne (3365m) el jueves.

Otra vez decidí subir con zapatillas y llevar las botas en la mochi. La decisión probó ser un poco peor, porque había aún más nieve. Pero aguantamos sin calzar botas. Otra vez, agradecido.

El pronóstico del tiempo era poco claro. Era posible que el jueves por la tarde la cosa empeorara, había sospechas de que vendrían nubes desde el este, desde Italia.

Llegamos al refugio con mucho tiempo, cómodos. Claramente ya estaba aclimatado y no volví a sufrir la altura.

El refugio del Gacier Blanc es enorme. Tiene lugar para 130 personas, así que trabajan allí como entre 4 y 5 personas. Entre ellas el refugiero, que me pareció reconocer. Después Alex y Eric dijeron que hace un par de años estaba de refugiero en Pelvoux, y me acordé que fue el que nos dijo, en medio de una tormenta, que durmiéramos adentro, en la cocinita, en lugar de hacer bivac y ni nos cobró. Un fenómeno.

Entre los que trabajaban ahí estaba su hermana. Cuando le contamos los planes dijo: “ah, si hacen Pointe Cezánne, a las 10am están de regreso acá”. Y nos recomendó la vía que había hecho ella la semana anterior: hacer Pointe Cezánne por el oeste de la Pyramide (cosa que teníamos planeada) pero luego seguir por la carena y el collado que une esa cumbre con el Pic du Glacier d’Arsine (PD, III).

Eric a lo lejos, en la cima oeste de la Pointe Cézanne

Eric a lo lejos, en la cima oeste de la Pointe Cézanne

Le pedimos que nos levante a las 4am (ella sugirió a las 5, yo prefería un poco antes, porque los lugareños siempre van más rápido de lo que uno se imagina). Nos dijo que el pronóstico del tiempo era bueno, tanto para el jueves como para el viernes.

Cenamos aún más que en el refugio de Pelvoux unos días antes. Es más, dijimos que no cuando nos ofrecieron repetir. Como todavía había luz decidimos hacer los primeros 200 o 300 metros de la vía, para saber por dónde arrancaba y no perdernos al inicio en la madrugada. De camino nos cruzamos cara a cara con dos marmotas (el animal, no dos peregiles) que imagino buscaban comida por ahí.

Encontramos un par de puntos de referencia y volvimos a dormir. Esta vez sí se dió la lógica, y a diferencia de lo que había pasado en el refugio de Pelvoux, no dormí bien. Pero bueno, es lo que toca.

Nos levantaron a las 4am para desayunar, comimos lo que nos entró y a las 5am ya estábamos en movimiento. La vía fue un placer. Primero se accede a un campo de nieve, que se va cerrando y empinando a medida que uno se acerca a la zona de la Pyramide (glaciar de la Pyramide), hasta que se convierte en una serie de couloirs.

Nosotros subimos por uno de ellos, de unos 35 a 45°, que tras no mucho más de 100m desemboca en una carena de roca mala y suelta, pero de un ancho razonable, por la que pisando con cuidado con los crampones llegamos a la cima este de la Pointe Cézanne, y luego cruzamos unos 20 o 30m a la oeste, con una vista privilegiada de la Barre des Écrins hacia el suroeste (una cima que me queda pendiente, después de haber hecho su subsidiaria, el Dome Niege hace un par de años).

Desde allí seguimos por una carena que pasaba de roca buena a mala a nieve, bajaba un poco a un collado, y volvía a subir, para permitirnos alcanzar la segunda cumbre: el Pic du Glacier d’Arsine (3364m, apenas uno menos que la anterior).

Una vista del glaciar Blanc, con la Barre al fondo

Una vista del glaciar Blanc, con la Barre al fondo

En esa cumbre nos detuvimos para comer algo, mientras un pajarito negro, de pico amarillo y patas rojas, volaba alrededor nuestro, se paraba, nos miraba, se acercaba. En síntesis, pedía comida. Pero ya bastante hambre teníamos nosotros y no contábamos con alas como él, para ir por ahí a autoabastecerse.

Después del descanso, arrancamos el inicio. Recién ahí, en una pendiente un poco más marcada, nos encordamos. Y seguimos encordados porque tocaba un tramo sobre el glaciar Blanc, que tiene algunas grietas. Habremos cruzado unas cinco, nomás, pero eran súper claras y facilísimas de salvar.

En el refugio hicimos un descanso, volvimos a pedir la tarta de frambuesa que habíamos comido la tarde anterior y esta vez estaba aún más rica. Tomamos un té y empezamos a bajar. Esta vez no quise volver a sufrir la nieve, así que fui en botas de montaña hasta el Pré de Madame Carle.

Allí con Eric decidimos que nos sentíamos en suficiente buena forma como para volver caminando al camping por un sendero que va paralelo, a veces a bastante distancia, de la pequeña carretera que une el Pré y Ailefroide.

Un gran retrato de Eric

Un gran retrato de Eric

Fue una gran decisión. El sendero es preciosísimo. Cruza cascadas, sigue un río rabioso, atravieza campos de boulders inmensos, prados, bosque. Un lujo. Un cartel al inicio de la caminata decía que serían 2.30h de marcha. Pensamos que era mucho, porque por mapa eran unos 5 o 6km. Igual avanzamos. Más adelante, pero no mucho, otro cartel decía que el recorrido era de 50 minutos. Aún un poco más adelante, a unos 10 minutos del anterior cartel, ¡una nueva señal aseguraba que el tramo era de 1h30!

Algo falló ahí en la burocracia del parque, evidentemente. Otra cosa que falló fue el pronóstico del tiempo. Mientras avanzábamos hacia Ailefroide, a mitad de camino, empezó a caer una fina llovizna, y cuando miramos hacia las cimas que habíamos dejado las vimos envueltas en nubes. Al final, sí vino el agua, pero parecía provenir del oeste, no del este.

En todo caso, duró poco. Llegamos al camping felices, tras un excelente día en la montaña y nos preparamos para el día siguiente, que sería de un poco de escalada corta y la partida.

Alpes 2013: La Fissure d’Ailefroide

El martes 25 de junio era día de descanso, así que para “relajarnos” con Eric decidimos escalar La Fissure d’Ailefroide, una vía clásica, de escalada tradicional, que se encuentra en la parte sur del camping municipal donde parábamos.

La Fissure d'Ailefroide vista desde el camping

La Fissure d’Ailefroide vista desde el camping

Verla todos los días desde la carpa era demasiado tentador, esa fina línea que sube por ese inmenso bloque de granito redondeado. Había que hacerla. Además me atraía saber que la había abierto Lionel Terray, célebre alpinista de la primera parte del SXX, cuya autobiografía (“Conquistadores de lo Inútil”) saboreé con placer.

La ruta tiene unos 250m de largo, sigue una fisura que tiene varios metros en su parte más ancha y pocos centímetros en su más angosta. Ofrece escalada en fisura, en placa, se puede empotrar, hacer bavaresa, movimeintos de balance, algunos tipo de boulder, es muy completa.

Se hace entre 6 y 8 largos. Nosotros creo que la hicimos en 6 o 7. Los largos van de 4a a 5c de dificultad (la salida es 3a, una caminata, prácticamente).

El plan era que nos turnáramos con Eric, de modo que el largo 5c le tocara a él, que es más fuerte que yo.

Así empezamos. El primer largo fue mío, bastante sencillo. Luego vino el segundo, que supuestamente era más fácil. Eric lo hizo de primero, así que a mí me tocaba llevar la mochila.

El problema es que la vía se mete dentro de una parte ancha de la fisura, que se vuelve una chimenea de la que luego hay que salir hacia la cara de la pared.

Eso se convirtió en un grave problema, porque yo más la mochila no pasábamos. Después de pelear un buen rato, me saqué la mochila, la até a una de las dos cuerdas a la que estábamos encordados, hice el paso para montarme a la cara de la pared, recuperé la mochila y me la volví a poner.

Así contado, parece todo muy mecánico, ¡pero cómo sudé!

Vista desde el final de la Fissure d'Ailefroide

Vista desde el final de la Fissure d’Ailefroide

El resto de los largos pasaron sin mayores incidencias. A medida que avanzábamos, se pulían los tiempos para el cambio de primero en los relevos (con chapas, excepto cuando a Eric o a mí nos parecía que tocaba montar uno improvisado y lo haciamos con fisureros, friends, cintas o lo que tuviéramos a mano), que logramos optimizar bastante bien.

Todo fue bien, a Eric le tocó el largo 5c, pero armó uno de los relevos improvisados cuando creía que la dificultad había concluido.

Me costó algo de decisión pasar las dificultades que él había superado y econtrármelo en lo que parecía la fácil salida 3a. Me pasó el equipo, y arranqué. Fueron tres o cuatro metros a puro sudor. Resulta que esa era la distancia para llegar al relevo, y ¡cómo me costó! Testimonio son las marcas en mi mano izquierda, empotrada salvajemente para poder asegurar un movimiento complicado y expuesto para alcanzar una chapa a la derecha.

Después de la chapa, la cosa no se facilitó. Siguieron uno o dos pasos difíciles hasta que llegué al mentado relevo.

Como había avanzado apenas unos pocos metros decidimos que siguiera hasta el final. Fui en línea recta, y no hacia la izquierda como indicaba el topo, así que creo que es probable que lo que hicimos fuera una salida 6a, pero no lo sé, pudo haber sido 5c.

El hecho es que la terminamos. No sin que yo, injustamente, le dijera al pobre Eric que no había terminado su largo. En el fondo se lo agradezco, porque me obligó a forzar mis límites un poco.

Al final del último largo, en el tramo fácil, metí uno de los tricams que había llevado. Yo los considero una gran pieza de equipo de protección. Eric prefería no llevarlos. La verdad es que no los necesitamos, pero yo les tengo especial aprecio, porque los veo muy versátiles. Tampoco había necesidad de usarlo en ese tramo, podría haber puesto otra cosa, pero era mi forma de decirle a Eric “viste, al final los usamos”. Tampoco va uno a dejar de hacer guiños y bromas, ¿no?

La vista desde la vía es genial, sobre todo desde el punto final, con panorámica del valle,  el camping y las montañas que lo rodean.

Pero era tarde, así que no nos podíamos quedar allí mucho tiempo. Parece que la pared se puede bajar en rappel, pero nosotros no lo teníamos tan claro y sabíamos que había un sendero para descender, que aparece un poco más arriba y a la izquierda del final de la vía, y corre hacia la izquierda (mirando a la pared).

Eric cruza encordado la garganta del sendero que baja de La Fissure d'Ailefroide

Eric cruza encordado la garganta del sendero que baja de La Fissure d’Ailefroide

Lo encontramos. Creo que puede haber sido la parte más difícil de la vía, porque tocaba salvar una garganta amplia y atemorizante, por una angosta repisa. Tan angosta, que había una chapa para asegurarse y hacerla encordado. Eso hicimos, aunque una vez encarada uno se da cuenta de que no era tan complicada como parecía.

Luego de un buen rato de descenso, cruzamos el río de vuelta al camping y nos preparamos para otro día de descanso a la mañana siguiente: aproximación al refugio del glaciar Blanc.

Alpes 2013: ascenso al Monte Pelvoux, vía el couloir Coolidge

Si este post lo leyera alguien de antes de mediados del S XIX creería que estoy hablando de haber escalado la montaña más alta de Francia.

“Eso se pensaba en ese entonces”, me contaba luego del ascenso Eric, “cuando todavía no se había medido bien la Barre des Écrins y el Mont Blanc no pertenecía a Francia” y faltaban medir otras cumbres, imagino.

Además de Eric y yo, en el grupo estaban Alex y Zofia.

El 23 de junio por la tarde iniciamos la aproximación al refugio de Pelvoux (2700m) desde el camping de Ailefroide (1500m).

No habíamos podido comunicarnos con el refugio para reservar lugar ni cena, así que yo reconozco que estaba un poco preocupado de que no tuviéramos lugar o comida (lo cierto es que en los refugios nunca te dejan tirado, pero bueh).

Esta vez quise probar una nueva estrategia. En vez de subir con las botas de montaña, me calcé unas zapatillas y cargué las botas en la mochi. Cierto que cargaba más en la espalda, pero mis pies agradecieron no sufrir el calor de la tarde alpina en las botas preparadas para la nieve y el hielo.

Lo que no tuve en cuenta es que este año hubo más nieve que cualquiera de los anteriores que haya ido, así que en varios tramos del ascenso al refugio tocó meter las zapas en hondas huellas y torrentes más altos de lo ideal. Igual, con el sol que había, se secaban casi tan rápido como se mojaban.

En 3.15h de caminata llegamos al refugio, con bastante tiempo para acomodarnos y descansar. El tiempo fue bastante mejor que la última vez en que había subido hasta ahí, en que tardé 4h. En cualquier caso, por más que el día anteiror habíamos subido hasta 2200m, no estaba del todo aclimatado, y algo se sentía.

En el refugio nos explicaron que no nos habíamos podido comunicar porque no andaba el teléfono, pero hubo comida y lugar para dormir igual, sin problema.

El refugiero nos preguntó qué haríamos, un dato que necesitan para: saber dónde uno estará, por si acaso; dar información relevante sobre la vía; calcular a qué hora servir el desayuno, en función de lo largo del recorrido.

Le dijimos que intentaríamos la cumbre del monte Pelvoux por el couloir Coolidge (PD, II). “A las 3am”, respondió lacónico.

La comida fue muy buena, como siempre en los refugios. Tres platos, muy abundantes. Si las madres supieran que allí a uno le dan aún más comida que ellas (y uno la come toda), ¡qué celosas se pondrían!

Sorprendentemente, dormí bien. Entre la altitud, la ansiedad, el hecho de que las habitaciones están llenas de la humedad de los cuerpos que están allí apiñados, y el picor de las frazadas que dan, en general nadie descansa bien -aunque siempre mejor que en un bivac.

A las 3am arrancamos. Parte del recorrido ya lo conocía. La primera dificultad aparece justo detrás del refugio, cuando se debe escalar una pared de roca de unos 10m, para subir a una morrena, que finalmente desemboca en la parte baja del glaciar de Sialouze, la Bosse de Sialouze, que debe cruzarse de este a oeste, para acceder a la parte superior del glaciar y de allí al couloir Coolidge, por el que haríamos la parte más fuerte de la ascensión.

Algunos de los grupos que subieron decidieron encarar esa pared de roca con grampones puestos. Por suerte nosotros le hicimos caso al refugiero, así que fue mucho más fácil.

Otro elemento que facilito las cosas es que había luna llena, así que digamos que las frontales prácticamente no las usamos.

Las condiciones eran óptimas, la nieve estaba excelente y llegamos bastante cómodos al couloir, que ofrece una pendiente de unos 35 a 40° por unos 300m de elevación.

La cosa empezó bien, pero sobre el final del couloir Coolidge me empezó a afectar la altura, y me costaba avanzar. ¡Qué cosa, apenas por encima de los 3500m! Pero bueno, así son las cosas. Daba dos pacitos y paraba a tomar aire. Y así por un buen rato.

Finalemente, terminamos el couloir y llegamos al glaciar de Pelvoux, desde donde se accede a la cima, llamada Pointe Puiseux (3943m).

Como me costaba recuperarme, les dije a mis compañeros que los esperaba ahí, mientras ellos hacían cumbre. Por suerte, después de unos pocos minutos de descanso y de una insistencia de su parte que agradezco, dije que probaría.

Nos encordamos los cuatro, y como yo era el más lento, fui al frente para marcar el paso. Alcanzar la cumbre nos llevó apenas 20 minutos. Menos mal que dije que sí, cómo me habría arrepentido si no. Es más, el esfuerzo fue tal, que me emocioné al hacer cumbre.

Es un lugar precioso, con unas vistas increíbles.

Nos quedamos unos cinco minutos en la cumbre y luego iniciamos el descenso, que fue muy tranquilo.

En el refugio me volví a calzar las zapatillas, a meter las botas en la mochila, y bajamos a  un mericidísimo descanso.

Al llegar al camping me dí cuenta: haber bajado en glissade parte del camino desde la cima hasta el refugio tuvo su costo. Y alto. Por no acomodar antes el equipo que tenía en el arnés perdí un tornillo de hielo (¡aaaarggggg!) y una nut tool. En fin, algo se iba a cobrar la montaña, evidentemente.