Una traición a mis principios, una traición llamada ibuprofeno (que ocurrió escalando en Fontainebleau)

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Un compañero intentando una vía en Fontainebleau.

Que conste: no me gusta tomar remedios, no me gusta pasarme cremas sanadoras, no me gusta ponerme curitas (apóstios protectores, tiritas, como quiera que le digan en cada país) o emparcharme de uno u otro modo.

Prefiero que las heridas, los golpes, las torceduras, sigan su curso natural y se vayan sanando con el uso. Cada vez estoy más convencido de que, a excepción de los casos extremos, todo golpe se cura mejor si el cuerpo sigue en movimiento.

¿Dolores de rodilla? Seguir caminando, a lo mejor con más cuidado. Correr menos. Luego volver a correr. Elongar bien.

¿Golpe en el brazo? Seguir escalando, con cuidado de no volver a golpearlo. Ya se irá yendo.

Es como si el cuerpo, al ver que uno sigue usando la parte magullada, se diera cuenta de que se tiene que esmerar en arreglarla rápido y bien.

Y, sin embargo, debo admitir una traición a mis principios, una que ya había tenido lugar en el pasado, pero que ensayé profusamente hace algo más de una semana, en cuatro días de boulder en Fontainebleau, el bosque al sur de París, sembrado de enormes bloques de arenisca, con interminables circuitos que bien podrían definirse como un parque de juegos de escalada.

Hay problemas tras problemas, circuitos de 40, 50, 60 y más vías, de todos los niveles imaginables (en mi caso, como suele ser, el uso fue algo moderado: circuitos amarillos, intercalados con algunas vías naranja y azules).

El hecho es que ya el primer día me dí un golpe en la base del pie, entre el talón y el arco, contra el filo de una roca. Dolor. Me costaba caminar. Y como empezó a llover, decidimos ir de caminata con el grupo con el que estábamos allí. Pero andaba rengueando, así que opté por volver a los coches y esperar al resto allí.

Me preocupaba no volver a escalar en los cuatro días, lo que habría sido una verdadera lástima.

Y ahí empezó todo, el inicio de la perfidia: a la noche, para controlar la inflamación, además de ponerme hielo, tomé un ibuprofeno.

Fue bueno, así que a la mañana tomé otro. Y fuimos a escalar. Bendición: el pie me molestaba para caminar pero nada nada para escalar (la parte herida del pie no se usa prácticamente para ascender).

¡Podía escalar! El viaje no sería de repente un camino de introspección y lectura, seguiría siendo viaje de escalada.

El hecho de que los movimientos propios del deporte no provocaran dolores era un punto, pero definitivamente el otro era el ibuprofeno. De hecho, durante los días en que estuve tomándolo me di cuenta de que también me venía bien para los dolores generales de la escalada: los musculares, de articulaciones, etc.
Una suerte de panacéa, realmente.

En cualquier caso, preferiría no haberlo tomado, pero habiéndolo hecho tengo que reconocer que en ciertas situaciones puede ayudar; especialmente en casos en los que no queda más remedio que seguir adelante. Voy a tener que llevar unos siempre encima, aunque siga insistiendo en que es mejor no usarlos.

Y de regreso en Londres decidí también regresar a mis principios y dejé de tomar ibuprofeno. Entonces fue cuando terminé de descubrir cuánto me había ayudado a seguir adelante, cuando el dolor volvió a su estado natural, en el que por ahora pienso dejar.

Para mi tranquilidad, una visita al médico terminó de confirmar que el golpe sólo había afectado el tejido blando, así que lo que tengo que tener ahora, más que pastillitas, es paciencia para esperar hasta que se termine de sanar.

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