Camino de Santiago: octava etapa (21/08/2012)

Recorré la séptima etapa antes que la octava, ¡hay que mantener un orden!

***

Salimos de San Esteban para La Isla, después de desayunar en el albergue.

Por primera vez caminamos sin sol, bajo un cielo nublado, pero por preciosos senderos que bordeaban el mar.

Como en todo Asturiasm, el trazado del Camino va por sendas rurales, picadas y vías estrechas, evitando lo más posible subir a grandes carreteras o transitar asfalto.

En eso, mucho mejor que Cantabria, cuyos trazadores del Camino parecen ser amantes del asfalto. Cierto es, también, que en general los albergues de Cantabria estaban mejor.

Llegamos a La Isla bastante cansados, creo que Gema por su encuentro cercano con el malestar estomacal extremo y yo porque creo que el mismo virus o lo que sea que la atacó a ella estaba intentando sitiar mi organismo.

Aun nublado, La Isla es un pueblo precioso, que engaña al entrar en él: en las afueras parece un barrio feucho cualquiera de cualquier ciudad, pero al llegar a la altura de la playa se revela su naturaleza más arcaica, con callejuelas que suben y bajan, hórreos y algunas casitas de piedra vieja. Bonito, bonito.

Al albergue estaba muy bien, con cocina, comedor, lavarropas, heladera. Aunque el lavarropas al final no funcionaba.

La Isla, que no es tal, sí tiene playa. Pero en un día de nubes, con cielo a plomo -el primero desde el inicio de nuestro viaje- parece ser que el albergue fue invadido por el síndrome del peregrino aletargado y la mayoría se quedó allí descansando o retozando, nosotros incluidos.

No era sólo cansancio, Gema no fue la única en sufrir de la panza. Al albergue llegaron mal un hombre español y un joven alemán; ayer se había descompuesto un chico catalán y antes de ayer un belga. Parecía haber un virus o algo así. Yo tampoco andaba tan bien. Gema y yo estábamos débiles, realmente, sin mucha fuerza para pasear.

Una estadística inútil, los animales que vimos por el Camino: lagartijas, vacas, babosas, caracoles, perros, halcones, gatos, moscas, ovejas, mosquitos, tábanos, salmones, un topo muerto y una rata momificada.

Una reflexión: el andar a pie, despojado de casi todo excepto cosas súper básicas y simples, es de una simplicidad bella, es algo que da una paz impensada. Realmente la velocidad de la vida desacelera, y cobra un ritmo que de repente se siente más acorde con las dimensiones humanas. Es, aunque parezca lo contrario, súper cómodo, confortable, hay paradógicamente algo de hogar en ese proceso nómada.

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El final.

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