Camino de Santiago: tercera etapa (15/08/2012)

¿Se te pasó la segunda etapa? No hay problema, releela acá.

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Nos decidimos por no estirar la siguiente etapa, de tan sólo 12 kilómetros. El andar, atravesando un parque natural de puro verde y en balcón sobre el mar, nos llevó hasta San Vicente de la Barquera, con parada en Revilla para comer, hasta ahora, la mejor tortilla del viaje.

La entrada a San Vicente es imponente, desde lo alto,  pasando la ría baja que descarga en el mar se dibuja un puente, al otro lado del cual el recorte de la ciudad ocupa todo el horizonte. Coqueta, San Vicente muestra su cara más exuberante, con señoriales edificios sobre la ría, coronados por la iglesia en lo alto. Al cruzar el puente, se entra en ella y se la empieza a conocer más íntimamente.

A Comillas habíamos entrado de a poco, apenas sin verla al inicio, recorriendola desde dentro, con los pies y no solo con los ojos. Creo que prefiero conocer así una ciudad, descubriendo primero los rinconcitos de su cuerpo antes que su cara maquillada.

Tal cual, lo mejor de San Vicente no podía verse de lejos, sino al entrar. Primero, el albergue, con una ubicación privilegiada sobre la marisma y vistas espectaculares desde el jardín que tiene al frente.

Luego, la propia marisma, en la que, tras descansar, nos dimos un baño de aguas calmas y tibias, sobrehidratado con un par de cervecitas. Mucho mejor que caminar hacia la playa, que por una parte estaba algo lejos y por la otra se veía -a la distancia- a reventar de gente. Una familia del lugar, que estaba pasando la tarde en la marisma nos dijo que ese era el mejor rincón de San Vicente.

Mención aparte para el hospitalero (así le dicen a los responsables de los albergues) Luis. Es un hombre mayor, de esos simpáticos, a los que les gusta contar alguna anécdota, algún chiste y dar alguna que otra orden. Lo mejor era el esfuerzo que hacía por que todos lo entendieran, tanto hispano como franco parlantes. Decía la mitad de las cosas en un idioma y la mitad en otro, así que todos terminábamos, democráticamente, con el 50 por ciento de la información.

La cena fue una experiencia fantástica, todos los peregrinos reunidos en grandes mesas, compartiendo alimentos y anécdotas.

Había todo tipo de personajes, pero los más llamativos eran dos tipos. No venían juntos, uno viajaba a pie y el otro en bicicleta; pero los dos tenían algo en común: eran altísimos, pasaban ambos los dos metros con facilidad. Uno, creo, los 2.20. La bici del otro tenía el sillín a la altura de mi esternón. Ese insistió en dormir en la entrada, sobre su aislante y dentro de su bolsa de dormir, hechos, estoy seguro, a medida. El otro durmió dentro, uniendo dos colchones a lo largo y cubriéndose con su interminable bolsa de dormir.

Aquí también la alemana fue la encargada de apagar la luz, otra vez sin consultar. Fue buena idea, de todos modos, porque se estaba haciendo tarde y si no me habían terminado de cansar el andar y el vino de la cena sí lo hizo mi arranque de buen samaritanismo, que me llevó a ofrecerme a ocupar el lugar de otro en el lavado de platos y vajilla, ¡de una cena para 40!

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Y al día siguiente nos fuimos para Colombres, y comenzó nuestro tránsito por Asturias.

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