Camino de Santiago: primera etapa (13/08/2012)

¿Todavía no leiste el prólogo? Está acá.

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Nos levantaron los otros peregrinos a eso de las 6 o 6.30 de la mañana, preparando desayunos y enseres.

Al final, tomamos un trencito para cruzar a Mogro, evitando 7 kilómetros de caminata, que se desvían, además, del Camino original (en la antigüedad se cruzaba en barca). No fuimos los únicos, pero en honor a la verdad, habría que decir que empezamos en Mogro.

Así que la primera etapa fue de unos 21 kilómetros, hasta Santillana del Mar (la ciudad de las tres mentiras: no es santa, no es llana ni está en el mar).

La hicimos en cinco horas, con una paradita breve y una más larga en un bar, para tomar unas coca colas.

Hubo mucho tramo de asfalto y ciudad, pero al final se puso bien lindo.

Al llegar a Santillana, nos encontramos con una pareja que estaba en Boo, ya haciendo cola para el albergue.  Era la 1 de la tarde, y el lugar abría a las cuatro, así que había que hacer guardia porque sólo había 16 camas en el albergue.

La pareja nos cuidó un rato las mochis y nos fuimos a recorrer un poco la antigua Santillana. No buscábamos abarcar su belleza, sino más bien encontrar algo para comer y unas ojotas para mí (práctico para la ducha, aunque había decidido no traer las mías; ahora tengo dos pares). Encontramos las ojotas y lo de la comida lo resolvimos en una sidrería donde tenían unos ricos pinchos, de los que elegimos los de anchoas y queso, de pimiento relleno y de queso azul. Rico.

Luego, vuelta a hacer guardia en el albergue, a las 16 apareció la chica encargada del lugar, dando órdenes a diestra y siniestra. Parecía un cabo segundo en los primeros días de instrucción de conscriptos: con mucha salaera de ordenar y mandonear, pero sin claridad en el mensaje y,  al final,  con cierta ternura escondida (en eso no creo que se pareciera al cabo).

Al final, solo podían quedarse 16 personas, de las más de 20 que había esperando. Con un poco de culpa, porque veníamos de nuestra primera etapa, igual quedamos.

Una estadística inútil: de los 13 pares de zapatillas y botas que dejamos los peregrinos fuera del albergue 4 eran Quechua, 4 Salomon y 2 Merrell, de las otras marcas solo había un par.

Anécdota insólita: antes de partir tuvimos con Gema un desacuerdo sobre cuántas pastas de dientes llevar. Al final dejamos atrás una de marca Deliplus. Y en Santillana nos encontramos la misma tirada en el albergue, sin dueño. ¡Nos siguió hasta aquí! Asi que nos la quedamos.

Algo más de Santillana: es un lugar precioso, pero es medio trampa para turistas. Igual se disfruta, pero qué capacidad de replicar el mismo bendito negocio de sobaos y anchoas (dos productos típicos regionales) cada dos metros. Para coronar, ¡pagamos las dos cañitas de cerveza que nos tomamos a 2.70 cada una! Y la moneda local todavía es el euro, no aún la nueva peseta, así que imaginen ustedes.

La cena, entonces, fue comprada en el supermercado, y fue muy buena.

El comienzo del dormir llegó de la mano de una señora alemana, quien sin preguntar apagó la luz de la habitación. La mujer, además de prepotente, era creativa. En vez de llevar su mochila en la espalda la llevaba en una suerte de carrito de la compra modificado, al que le había estirado las manijas, en cuyo ahora nuevo extremo había colocado un cinturón rosado con unas almohadillas caseras. El cinturón iba ajustado al cuerpo, y la mochila-carrito arrastraba por detrás.

No sabemos realmente si es más cómodo, pero a mí me quedan las ganas de cargarla por unos kilómetros, para ver cómo se siente.

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El viaje continúa por acá: lógicamente, por la segunda etapa.

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