El encierro

Medio perdido, entras. Vas mirando los carteles, buscando tu lugar. Lo encuentras y te colocas en la fila. Va lenta, te va amansando ya. Cuando llegas al mostrador, la funcionaria con gesto nulo revisa tus papeles y procesa tus pertenencias.

Luego te tocan los primeros guardias. A algunos les gritan. "¡Por allí, por allí! ¿Qué le pasa? ¿Es sordo?". Una de las guardias zarandea a una mujer que no logra entender sus órdenes. Nadie reacciona. Todos lo ven pero nadie dice nada; tu tampoco.

Te revisan, te palpan, para asegurarse de que no llevas armas o ninguno de los objetos prohibidos. Te sientes ya un tanto oprimido. Pensar que minutos antes, metros más atrás, todavía eras libre, bastante libre al menos.

Algunos guardias cruzan las filas con perros olfateando a otros como tú, que miran con terror.

Sigues tu marcha, otros guardias vuelven a revisar tus papeles. A algunos los interrogan, brevemente. Tu tienes suerte. Pero sabes que al pasar este control ya no hay vuelta atrás.

Te dejan en un lugar que parece más limbo que espacio humano. Otra vez toca esperar, cada vez estás con menos fuerzas. Quieres que todo acabe.

Aparecen unas celadoras y empiezan a gritar órdenes, les dicen a tí y a los otros que se pongan en dos filas. Los dejan así por una eternidad. Hay mujeres con niños, hay ancianos.

De repente, con cinismo robótico, las celadoras reaparecen y les gritan que rompan filas y las vuelvan a formar a doscientos metros de allí.

Todos salen corriendo como poseídos. Tu los sigues. Ves quedar atrás a los viejos y las madres con niños pequeños. ¿Dónde ha quedado la compasión?, te preguntas. Pero sigues corriendo.

En las nuevas filas las celadoras ejecutan otro control. Una mujer con un bebé es insultada y vilipendiada. Algo está mal con sus pertenencias, parece haber roto alguna de las reglas. Tu lo ves, no entiendes por qué es sometida a tal violencia. Ella está compungida, no sabía que eso no se podía traer. Las celadoras no le dan tregua. Se regodean en su sufrida ignorancia.

En la fila ya nadie se atreve a levantar la voz, todos temen las consecuencias. Han visto a los guardias armados, los perros, saben que están encerrados tras varios cordones de seguridad. Tu también callas.

Al final todos, aun la mujer con el bebé, son subidos al vehículo. Una vez allí nuevos guardias seguirán dando órdenes y controlándolos a todos para apagar cualquier mínimo gesto de desobediencia.

Ya no te reconoces, haz perdido la voluntad, la capacidad de decir "no" y lo único que quieres es que el avión despegue pronto, el vuelo se haga breve y puedas recuperar tu libertad al llegar a destino. Nuevos guardias te esperan allí.

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