Escalada: la importancia de calcular bien los tiempos o cómo evitar un anochecer no contemplado

La vista del Llamberis Pass, en Gales, es espectacular. Desde mi elevada posición veo el cielo enmarcado por las montañas a uno y otro lado del río y la carretera que corre paralela a él. De frente, distingo el perfil del cerro Snowdon.

Todo sería fabuloso si no estuviera anocheciendo y yo parado en una repisita de nada, de unos 20cm de profundidad, con la espalda a la pared y una caída vertical de 15 metros (más otros 20 o 30 más pasado el primer rellano).

Hay un dato positivo. Estoy asegurado a un relevo bien montado en tres puntos independientes y razonablemente sólidos: un friend en uno, una nuez en otro y una cinta en un tercero. Me protegen de una caída pero no del bendito viento que me pega de lleno. Estoy en la pared que mira para el lado equivocado en términos eólicos.

Pero no hace tanto frío. Pienso cuánto empeorará si a mi compañero le lleva demasiado tiempo terminar la vía o, peor, si se pierde. Después trato de pensar en otra cosa.

Las cuerdas corren por mis manos, está avanzando. Se detiene. Pasa un rato. Sigue. Se vuelve a detener. Le grito un par de veces, pero no escucho respuesta.

La última vez que lo escuché me dijo que no haría el primer relevo sino que seguiría directo al segundo. Por las vueltas que da la vía (se llama Spiral Stairs, Escaleras en Espiral) yo estaba seguro de que no lo escucharía. Tenía razón.

Pasa un buen rato sin que ocurra nada. Mientras tanto sigo pensando y haciéndome mala sangre por arrancar la vía tarde. Ni siquiera íbamos a hacer esta vía. Íbamos a hacer una más difícil que tenía ganas probar.

Pero el compañero, tras el primer largo, armó el relevo demasiado alto y como vimos que se nos estaba haciendo tarde y yo perdí confianza para hacer la ruta más complicada, cambiamos los planes.

Bajé al lugar donde debería haberlo montado, mientras él me daba seguro; subí hacia donde continuaba la vía fácil y así llegué a armar el relevo donde estoy, viendo como al precioso paisaje se lo come la oscuridad.

De repente las cuerdas empiezan a correr más veloces. Apenas me da tiempo a hacerlas pasar por mi asegurador. Seguro que llegó al final de la vía, me digo, y está recogiendo las cuerdas. Tenía que hacer 35 metros hasta el final de la vía y ya casi me termina de sacar los 50 que quedaban de cuerda tras armar el relevo y encordarnos. Seguro de que armó el nuevo relevo, suelto el seguro. Espero un rato y desmonto el mío. Empiezo a escalar con cuidado.

La vía es muy fácil; avanzo varios metros y le grito. Todo en orden, me responde. Avanzo rapidísimo, más guiado por el tacto que por la vista, con la oscuridad cerrándose veloz, ya casi noche total.

Casi de inmediato (o eso siento) me encuentro con él. ¡Qué aventura! Juntamos todo el equipo, guardamos las cuerdas, nos calzamos las zapas de caminar y comenzamos el lento descenso.

Gran lección, gigante lección: a pesar de que todo estuvo bien, ver cómo se te va cerrando la noche cuando no estaba en tus planes no es algo que entusiasme. Así que es fundamental que la próxima vez calcule mucho mejor los tiempos. Si nos hubiéramos ido a caminar después de la primera vía que habíamos hecho, seguro que pasábamos menos estrés. Eso sí, nos quedábamos sin la anécdota. Y creo que en cualquier caso, una vez en el baile, tomamos buenas decisiones.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s