Una -nueva- semana de alpinismo y escalada en Francia

(La anterior está acá)

A fines de junio pasé algo más de una semanita en los Alpes franceses, en la zona del valle de Ailefroide.
 
Mi meta número uno era completar la ascensión al Col du Sélé, que no había podido terminar, por falta de aclimatación, el año pasado.

Al segundo día de llegar al fantástico camping de Ailefroide subimos al refugio Du Séle, pero el primer objetivo no fue el glaciar ni el Col.

Fue gastronómico. Cenamos una rica sopa, carne a la cacerola con papas y vegetales y ensalada de frutas preparadas por el chef del refugio, acompañado todo con vino y rematado con un licorcito casero, especialidad del refugiero.

Dormimos bien y no arrancamos demasiado temprano, porque íbamos hacia la Aiguille du Sialouze, a hacer unas vías en roca (por eso nuestras mochilas al salir del camping pesaban en promedio unos 20kg, porque llevábamos equipo de escalada en roca además de material para el glaciar (mi mochi Berghaus Arete Fusion se ha portado bien siempre, pero con ese peso sus tiras cortan los hombros, especialmente llevando puesta solo una remera, así que puede que la cambie -¿sugerencias?).

Hicimos la caminata a la Aiguille, las vías estaban más bien mojadas por una de esas tormentas alpinas que golpean cada dos por tres en verano. Nos dividimos igual en 3 cordadas, pero la vía que queríamos hacer tuvo que quedar pendiente, porque a los 10 metros de arrancar un compañero decidió que estaba demasiado mojada y no era practicable.

Antes de volver, cruzando de regreso el campo de nieve que habíamos recorrido de ida, subimos en grampones con mi compañero de cordada los 7 primeros metros de una vía. No es la primera vez que escalo un poco de roca en grampones y la verdad es que cada vez me convenzo más de lo buenos que son para ese fin. Se asientan con firmeza en regletas microscópicas, encajan en pequeñas salientes y hasta andan bien en alguna fisura. Dan mucho más seguridad de la que uno se imagina.

Dejamos las mochilas y me metí a primerearla como para completar el largo inicial, rapelar, y pegar la vuelta habiendo hecho algo. No sé qué grado tenía la vía, pero entre una chapa y otra lo que había era muchos metros. Así que en un paso jodido, viendo que a mis pies había unos 3,5 metros hasta la chapa, y que tenía que hacer un par de metros más en un dulfer rebuscado en ese granito adherente pero escaso de tomas de pies, me eché para atrás, monté un descuelgue con cordín y rapelé.

No me convencía darme un golpe feo en los primeros días de viaje, la verdad

El tercer grupo hizo un tres largos de la vía que habían elegido y también decidieron bajar. O sea, todo resultó un poco demasiado para todos, más al inicio.

Igual, todo sirve para aclimatarse. Hicimos noche en un bivac fuera del antiguo refugio Du Sélé, cerrado en esta época del año.

¡Objetivo cumplido!

Dormimos bastante bien (mentira, yo no dormí bien, pero al menos el estar despierto me permitió disfrutar de un precioso cielo estrellado), y a eso de las 4 de la mañana arrancamos hacia la ruta pactada.

Bajamos el pedregullo que anuncia que hasta allí solían llegar los hielos, dejamos bolsas de dormir, equipo de roca, calentadores, etc., envueltos junto a unas rocas y nos montamos en el glaciar.

Íbamos en dos cordadas -la mía era la lenta, afortunadamente. No estábamos apurados. No hacía falta correr. Despacito, los tres de la cuerda avanzamos con pocas pausas y paso constante. Y antes de que nos diéramos cuenta habíamos subido los gigantes toboganes del glaciar hasta el Col Du Sélé, el collado que divide valles y da una preciosa vista.

Para mí, objetivo cumplido. Pero los compas querían probar ascender el filo de roca hasta el Pointe des Bœufs Rouges, como hizo la otra cordada. Arrancamos, pero el que iba adelante encontro un paso jodido, con mucha roca suelta y decidimos volver. Una larga y tediosa caminata, otra vez con casi 20kg (por suerte habíamos comido varios de esos gramos) nos llevó de nuevo al camping.

Al día siguiente fue descanso obligado por tormenta. Escampó a la tarde y pudimos escalar algunas vías cortas en roca, menos mal.

La elusiva Barre

El jueves comenzamos la que sería la joyita del viaje. El ascenso a la Barre des Écrins (4.102m, de los picos más altos de los Alpes).

Como la mayoría de estas vías alpinas, se hace en dos días. El primero, arrancando no muy temprano, como para evitar el calor exagerado, se sube al refugio. Nosotros fuimos al Refuge des Ecrins, que está más o menos en la mitad de la lengua del Glacier Blanc, sobre un peñón a la derecha del glaciar (según se sube).

Esa caminata es espectacular, se encara el glaciar desde abajo, se encuentra su frente, se bordea, se monta el grupo sobre el glaciar y tras algo menos de una hora sobre él se llega al refugio.

Al entrar, con el agotamiento, cuesta adaptarse de repente a la cantidad de gente que hay allí. El refugio estaba repleto, había como una vaho constante, ruido, gritos. Aturdía y constrastaba con la paz de la montaña. La habitación en que dormimos estaba repleta; de gente, de olores (humanos), de ruidos. No fue la noche más relajada de nuestras vidas.

Arrancamos tempranito, primeros. Nuestras cordadas hicieron punta. Una vez superada la parte plana del glaciar, y al comenzar el ascenso la nieve se volvió de ese espantoso tipo que no está ni firme ni blanda: al pisar puede bien sostener el peso del cuerpo o hundirse, imposible saber. Es mucho más cansador que cualquier otra cosa.

La otra cordada abrió brecha durante el tramo más largo. Agotados, cambiamos. Un compañero abrió un rato, después yo. Durísimo. Donde no se rompía la nieve los tramos se volvían verticales y más congelados, por lo que había que transformar el ascenso en algo más parecido a una escalada muy fácil en hielo. Y luego, otra vez la nieve impredecible, que se rompe, que aguanta.

En un alto, dejamos pasar a otro grupo que venía atrás, para que abrieran ellos, con una mezcla de alivio y pena por saber que no tocaríamos primeros la cima. Pero ya era hora de colaborar con más gente, porque nos estabamos cansando muchísimo.

Finalmente, tras varias horas, llegamos al Dome Niege des Ecrin, un pico subsidiario de la Barre des Ecrins, que es punto obligado de esta ruta hacia ella. Agotados, miramos la carena hacia la cima de la Barre, la nieve volvía difícil interpretar por donde encararla. Pero sobre todo, estábamos agotados.

Un gustito final

Sacamos unas fotos y nos dimos satisfechos con el Dome. Ningún otro de los grupos que venían detrás nuestro, y eran muchos, muchos, subió a la Barre. Se vé que no era el día. Igual, estábamos contentísimos. A lo lejos se veía el Mont Blanc, inmenso y más lejos, apenas visible, el Matternhorn (eso nos pareció).

Yo estaba casi sin energías. La vuelta al refugio fue agobiante. La gran rampa de nieve parecía no terminar, y los 50 metros que hay que subir desde el glaciar hasta el promontorio donde está emplazado el refugio se me hicieron interminables.

No sé si era mal de altura, puro cansancio, que a lo mejor andaban con un virus, o todas estas cosas juntas.

Bajar al valle fue algo más fácil, aunque el tramo era más largo.

Agotados, descansamos. Al día siguiente tocaba dejar Francia, pero nos dio tiempo de hacer un par de vías de escalada. Con un compañero primereamos por turnos una cada uno. Después, le rogué, aunque el tiempo apremiaba -había que llegar al tren para cruzar al Reino Unido; y para eso había que manejar como nueve horas seguidas-, que me dejara encarar una vía 5c que me llamaba con desesperación.

Al final, cuando le prometí que si me trababa y empezaba a perder tiempo bajaba, me dejó. La subí rapidísimo y prácticamente impecable. ¡Qué alegría! Me hizo bien sacarme las ganas. Una pizquita extra de alegría antes de dejar este maravilloso lugar.

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