Escalada y montañismo: un tesoro allí arriba

"Queremos saber qué hay allí…", dice Kurt Diemberger en su libro K2, el nudo infinito.

Realmente algo de eso hay. Cuando uno se está acercando a una cima, a veces -inclusive- al final de una vía corta, es como si algo que residiera allí arriba tirara de uno.

Es como si allí se encontrara el arcano imposible con todas sus respuestas, un caramelo cósmico, un tesoro.

Sí, buscar una cima es como ir tras un tesoro que nunca está allí. Uno va de pirata, surcando mares de roca, hielo, nieve, con la falsa -muy sabida falsa- convicción de que hay un premio esperándolo. El trofeo, claro, es llegar. Pero siempre queda el regusto semiamargo de que el tesoro no estaba allí, que se volvió a escapar.

Por eso tal vez sea tan duro el descenso, porque nace de encontrar ese vacío. Tiene como algo de melancolía y una sutil pero presente sensación de falta, de nada.

Así que después hay que volver, cada vez, a una nueva cima, a seguir buscando ese elusivo cofre. Volver, adicto.

Escocia 2011: montañismo y escalada en nieve, roca y hielo – Capítulo 3

Esta es la continuación de los capítulo 1 y capítulo 2 del relato del viaje a Escocia 2011.

Hacé clic acá para ver un videito del viaje.

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Parte del grupo en la cima de Aonach Mor (Foto: Stephen)

El lunes (14 de febrero) enfilamos para otra montaña en la zona de Fort William, Aonach Mor (1221m). Es zona de esquí, así que pudimos aprovechar los medios de elevación para hacer la primera parte de la aproximación. Después caminamos un poco, siguiendo la línea de la meseta cimera, hasta que llegamos a la altura de la cara en la que íbamos a escalar, la zona de Homo Buttress.

Esta vez, para subir teníamos que bajar primero, pero había una importante cornisa en la parte alta de la pared, y nos tocaría pasarla en rappel -o de alguna forma- para descender hasta las vías. No se veía fácil. Alguien se tenía que ofrecer para ser asegurado con cuerda por encima de la cornisa de nieve y hielo para llegar a la pared y evaluar su estado. ¿Adivinen quién fue el salame que se ofreció?

Efectivamente. Así que me encordé, un compañero montó un seguro rápido, clavando la piqueta en la nieve, abrazada con una cinta que llevaba un mosquetón por el que pasaba la cuerda (stomper belay se llama en inglés) y otro se puso más atrás, dando seguro de forma tradicional. Y bajé.

Pasando la cornisa la nieve era mucha, en polvo y profunda. Era un poco difícil afirmarse y me empecé a poner nervioso. Pensé: “todo bien, ¿pero cómo carajo vamos a pasar la cornisa cuando terminemos de escalar, si es así de extraplomada?”. Así que aunque los compañeros me gritaban preguntándome cuál era el estado de la nieve y cómo se veía más abajo yo lo único que pensaba era cómo haría para subir, para pasar ese extraplomo. Me puse más nervioso de lo que debería, algo de lo que después me avergoncé y sobre lo que voy a tener que trabajar. No puede pasarme eso.

Estando como estaba, en vez de bajar más -que es lo que debería haber hecho- me puse a trabajar en formas de subir. Quería estar seguro de que era fácil salir de ese tobogán de nieve. Primero traté de quitarle volumen a la cornisa con la piqueta, pero resultó tener mucho hielo duro y habría sido una tarea titánica atravesar eso. Me puse un poco más nervioso. Para peor, tenía a todo el grupo mirándome, expectante.

Me llevó un rato darme cuenta de que había mucha línea de cima por la que salir, no sólo el metro de ancho al que mi nerviosismo limitaba mi vista. Empecé a mirar para un lado y para el otro buscando un angostamiento en la cornisa por donde subir. Para la derecha me pareció ver que a unos 10 metros se formaba una suerte de rampa que cortaba la cornisa de izquierda a derecha y podía funcionar como salida. Los compañeros querían que fuera para la izquierda, para otra zona que veían como posible escape. Pero la travesía era el doble o triple de largo y de dar el patinazo el péndulo habría sido aún peor.

Miraba para arriba, veía la cuerda descansar sobre el borde del hielo en la cornisa y pensaba al mismo tiempo en la fragilidad y la resistencia de ese cacho de fibras trenzadas. Por suerte fue más bien pasar de pensar en la fragilidad a recordar su resistencia y tranquilizarme un poco. El hecho de haber decidido que tenía que subir y encontrar una forma de hacerlo me dio una mini misión y me serenó un poco más.

Al final elegí escapar por la derecha, como había pensado. Les pedí a los chicos que cuando pudieran tiraran una segunda cuerda  más hacia la derecha, para evitar el péndulo. Cuando había hecho unos 8 metros me la bajaron y la enganché al arnés. La elección había sido buena, clavé piqueta y crampones y empecé a subir. Los compañeros que ya estaban -imagino- podridos de esperar, armaron una suerte de polea improvisada y me ayudaron a terminar de salir de la pared de un tirón.

Por suerte, gente respetuosa, nadie me dijo nada. Ni me miró mal. Seguían, prácticos, evaluando formas de bajar. Mientras tanto, otro grupo, esta vez una cordada de dos apareció junto a nosotros. Debatieron un rato y uno bajó al otro, que fue más sereno, siguió hasta la zona de pendiente algo menos pronunciada de la nieve y le dijo a su compañero que estaba todo OK. Su compañero, claro, no tenía cómo bajar en solitario sin muchísima dificultad -eso ya lo vimos-, así que uno de mi grupo se ofreció a darle seguro.

Mientras tanto otro ya se había puesto a hacer una seta de nieve. Otros nos sumamos y la verdad es que nos quedó bueno. Un guía que pasó con un grupo comentó que era “de manual”. Lo usamos para pasar la cuerda y rappelar hacia la cara de la que había huido. Haber encontrado una forma razonable de salir y haber visto que otros bajaban hizo que para la hora de mi rappel ya estuviera sereno de nuevo.

Hasta acá, toda una pequeña historia, ¡y todavía no habíamos empezado a escalar!

Fuimos hasta la base de las vías y allí nos organizamos en grupos. Una cordada de dos iba a encarar una vía más dura, por la derecha de la rampa por la que habíamos bajado, otro grupo más grande iba a subir por la rampa con el objetivo de salir por donde yo había logrado subir. Finalmente, un grupo de tres, en el que estaba yo, escalaría Spider Rib (un grado II que estaba cerca de un III según los que la subimos).

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Un compañero subiendo hacia el relevo en Spider Rib (Foto: Stephen)

Pidió ir de primero un compañero. La vía era de un solo largo, pero le llevó un buen rato. Desde abajo, como suele suceder, los dos que esperábamos (yo dando seguro y el otro dando charla) pensábamos que se estaba tomando demasiado tiempo. Usó un par de tornillos en una placa larga de hielo (unos 10 o 15m) y salió a una rampa de nieve donde armó una reunión. Y fui de segundo. Otra vez con mi piqueta alpina y otra similar prestada. Con la prestada me dí cuenta de la importancia de limar las piquetas cuando se empiezan a redondear sus puntas. La mía se clavaba relativamente bien, pero la otra daba trabajo.

Entendí por qué el compañero había ido lento, la vía tenía dos o tres tramos algo incómodos –con mis piquetas incomodísimos– y al terminar más que pensar que había tardado mucho decidí que el hombre lo había hecho muy bien, poniéndole mucha garra.

Atrás vino el otro compañero, tranquilo. Terminamos de completar la rampa de nieve y nos reencontramos con el resto del grupo. Como estábamos en la meseta cimera decidimos avanzar hacia la propia cima, coronada por un pequeño mojón de piedra (o cairn, en inglés). En la caminata nos cruzó una nube densa y tocó avanzar con cuidado, pera no irnos hacia las pendientes a uno u otro lado de la meseta. Lo mismo al regreso, para buscar las mochilas que habían dejado unos compañeros.

La verdad que la ida hacia la cima nos dejó con el tiempo medio justo para llegar a los medios de elevación y que nos bajaran hasta el estacionamiento. Los primeros 400 o 500 metros de descenso los teníamos que hacer a pie, para después llegar a las góndolas que hacían el tramo más bajo hasta la base. Primero fuimos caminando, pero después nos sacamos los crampones, apoyamos culo en nieve, y a patinar por las pistas, ya libres de esquiadores.

Con esa poco elegante pero eficaz técnica llegamos a tiempo a las góndolas, de allí a la base, los coches y a una rica cena.

El capítulo 4 y final está aquí (sobre el día de esquí que no fue, la visita a Glen Nevis y la escalda en Cairngorms).

Ya pasé fotos en entradas anteriores, pero estas se las recomiendo, fueron sacadas por Jon, que tiene buen ojo de fotógrafo.

Irrecuperable monocromático – un cuento

Este es un cuento que escribí para un concurso interno de relatos breves que organizamos entre los colegas del trabajo. Hace tiempo que pensaba publicarlo en el blog, pero no lo hacía. Finalmente, acá está. Espero que les guste. Tiene un título que se me hace un poco pretencioso, pero así son las cosas a veces: Irrecuperable monocromático.

Lo obligaron. Si nunca quiso. Desde que llegó nunca nunca le gustó. De hecho, lo detestaba. Para él era puro kitsch. Y punto. No una aberración. Pero una desviación. La pureza estaba perdida.

Pero lo obligaron. Y lo hizo.

El blanco y negro siempre funcionó mejor. Tuvo miedo a fines de los ‘20, cuando la pista de sonido se volvió noviecita fiel del celuloide. Pero eso no lo desplazó, más bien le amplió el campo. Con su cara de contrastes fuertes el sonido ronco y aspirado de su vocecita apagada quedaba bien. Un maridaje sutil pero efectivo entre piel y fuelle.

Lo obligaron. Y lo hizo porque necesitaba la plata, porque se la había patinado en putas. Para él, para sus amigos y para quien anduviera por ahí. Se la había patinado en vodka. Cómo le gustaba el vodka, así solito. Con hielo. Se la patinó en las fiestas. En los coches. En vivir.

Pero todavía le andaba el motorcito, aunque había que darle más manivela. Le quedaba vida. Y necesitaba con qué llenarla de caricias; de las de la garganta, con vodka; de las de la carne; todas. De fiestas. ¿Dónde estaban los amigos? Los muy hijos de puta.

El color, cuando lo sacás de la vida y lo congelás en una instantánea o le ponés la jaula del fotograma, pierde su encanto. Más honesto es monocromizarlo. Más honesto, más profundo. Dice más. Eso se le escuchó decir alguna vez. Todavía lo dice si le preguntan, ahí todo acurrucadito y desplazado.

Sí que lo obligaron. Pero él no les iba a dar el gusto. No señor.

Así que cuando lo plantaron en frente de esos espantosos cortinados verdes, rojos y amarillos, que simulaban el barrio portuario, hizo como si nada y actuó como siempre. Moviendo el fuellecito en esquema de susurro, suavizando las líneas de su rostro con las tres o cuatro frases que el tacaño guionista le quiso dar. Esta vez le tocó ser un viejo pescador. Ya tan viejo que se había quedado sin mar, condenado a verlo poquito y nada a través de sus cataratas y a oler su penetrante aroma sin poder salir a navegarlo.

El viejito pescador. Un personaje de mierda en una película peor. Y a color. Aberrante.

Actuó como siempre, igual. Sin darle problemas al director. Muy obediente. Repitiendo cada toma las veces que hiciera falta. De un lado, del otro. Con más luz, con otro fondo. Sin decir ni eh.

“Me obligaron, que se jodan”, pensó.

Terminó la jornada de rodaje. La única que le tocaba. Y se fue riendo bajito. Saboreando su irreverencia, que nadie supo ver.

Terminada la filmación el equipo se tomó una semana libre. Y un jueves, volviendo al trabajo, el director se sentó con el montajista a revisar el material. En general toda la cinta se veía bien, sin problemas de luz, con el sonido en orden, los movimientos de cámara correctos, las actuaciones aceptables o muy buenas, con suficiente variedad de planos. Todo tal como imaginaban que sería. Hasta que llegaron al material del viejo. Y enmudecieron. El muy hijo de puta salió en blanco y negro. Todo a color, como dios manda, menos él. De la bronca que les agarró, se las ingeniaron para sacar al personaje del viejo y que la historia no se desmoronara. Y ese fragmento nunca se vio en una sala de cine.

No hubo más películas para él, ya ni siquiera vinieron a obligarlo. Pero dicen que en una vieja filmoteca de San Pedro uno de esos locos que coleccionan cualquier cosa guarda la única copia que sobrevive de su última impresión en celuloide, con su fuellecito amargo y sus ángulos imposibles, soñando con subirse a una barca y volver a surcar un mar ido, irrecuperable. Monocromático.

Big cameras in the hands of kids

Now, I'd say you knew mobile phones became some sort of commodity when you started seeing kids with them. And I don't mean teenagers, I mean 10-year-olds or younger.

Well, now it's big digital photo cameras. I was touring around Portobello Road market on Saturday and saw an astonishing number of little boys and girls brandishing either DSLRs, which were bigger than their heads or, at least bridge cameras (still with big bodies and heavy lenses).

So, I dare say that DSLRs and their cheaper bridge relatives have became commodities. And it's probably a good thing.