Escalada: nieve fina y el sonido de las aspas

El sonido de las aspas es casi inconfundible. Es difícil saber de dónde viene. Uno lo busca, impaciente. Se escucha rebotando contra las paredes de roca que rodean los valles.

Al final se hace ver, un mastodonte amarillo surcando el cielo bajito, casi en cámara lenta.

El helicóptero de rescate. Una visión espeluznante, que remueve miedos. Pero abriga esperanzas. Y buenos deseos para los pasajeros que va a levantar.

La primera vez que vi uno, bien de cerca, fue hace casi un año, en Escocia.

El fin de semana pasado, en Snowdonia, Gales, vimos dos. En realidad el mismo haciendo dos viajes.

El domingo, al final del día, después de hacer la última vía -no de escalada, esta vez- recorriendo el filo norte de Tryfan, estábamos con un compañero esperando que los otros dos, que se habían ido a caminar al lado del mar, nos vinieran a buscar en el coche.

Un poco aburridos, un poco impacientes, un poco con frío. Jugábamos al golf con un bastón de caminar al lado de la ruta, frente a un edificio que hace las veces de barcito, baño y centro de información.

Cada vehículo que entraba desde la curva nos entusiasmaba. “¡Son ellos!”.

No, no eran. Ni el otro coche, ni el siguiente. Esperar.

Seguimos con el golf. (Era claro que él había tomado clases. Yo nunca jugué. También era obvio.)

Fue entonces que escuchamos el zumbido. La primera vez estimamos por la dirección que estaba yendo a levantar a alguien en Tryfan, pero en la cara este, que tiene una serie de vías de escalada. Hace unas semanas con este mismo compañero y otros dos habíamos estado sobre esa pared, escalando Pinnacle Rib, una vía clásica de la zona.

Pinnacle Rib es fácil. Sólo tiene un tramito algo más complicado, de una roca preciosa llena de ondulaciones horizontales, que se llama Yellow Slab (placa amarilla). Y una chimenea algo tramposa al final, que se puede evitar escapándole por la derecha.

Pero el domingo había nieve por encima de los 700m (Tryfan tiene unos novecientos y piquito), una nieve finita que apenas cubría la roca y se volvía película de casi hielo apenas se la apoyaba un pie o una mano. Nosotros habíamos seguido el filo norte con muchísimo cuidado, para no patinar. Pero igual no fue más que una caminata con alguna que otra trepada muy simplona. Y si hubo algún patinazo fue de esos que hieren el orgullo, nada más.

Así que es posible que en la cara este alguien se haya dado un golpe. El deseo siempre es que sea poco y nada. Que sea un golpecito tonto, un tobillo roto o algo así. Una de las angustias es que uno nunca sabe. Es un misterio. El helicóptero se pierde por atrás de una cresta, entre las nubes, hace algo que uno no sabe bien qué es, y vuelve a aparecer para perderse del otro lado.

Pero el que sí sabía era mi compañero. Él había tenido hacía varios años una de esas caídas tontas. Un patinazo al mismísimo inicio de una vía. Herida de vergüenza, pero también del coxis. Fue en Francia. Me contó la historia y con ella develó el misterio de lo que hace el helicóptero después de perderse entre las nubes al otro lado de la montaña.

“Primero bajan un paramédico en un cable, que te hace las primeras evaluaciones y se fija que estés en condiciones de ser trasladado” (“¿Y si no estás en condiciones?”, pensé. No me animé a preguntar.)

“El helicóptero se va, se escapa del área en la que está más expuesto y mientras tanto el tipo te prepara para el traslado. Después el helicóptero vuelve y enganchan la camilla a la que te ataron al cable del malacate. Y levanta vuelo. A mí me levantó por arriba de la cima, colgado del cable, y me hizo dar un giro de montaña rusa. Después me bajaron al lado del camino.”

“Me iban a hacer ir en ambulancia al hospital, pero como les quedaba de paso decidieron llevarme ellos.”

Así se ahorró casi dos horas de viaje. Menos mal. Igual, por el dolor no había problema porque el rescate involucra el uso de morfina. Así que el hombre iba más bien drogado.

Me sentó bien que me contara esta historia. Le estaba agradeciendo internamente las palabras de la experiencia que conjuran arcanos, cuando el helicóptero volvió a aparecer.

En esta ocasión nos pareció que la dirección era otra. Se dirigía, estimamos -estimó mi compañero en verdad, porque yo estaba medio perdido en la geografía galesa- hacia Snowdon.

Snowdon es la cumbre más alta de Gales (1085m). El día anterior la habíamos alcanzado, el grupo completo, siguiendo un filo bien expuesto por una vía que se llama Crib Goch. Por suerte todavía no había caído nieve.

A poco de desaparecer el helicóptero apareció nuestro vehículo de rescate. Un Ford gris-plateado. Ya era hora. En realidad, era una hora más tarde de lo que habíamos quedado.

Nada grave. Son cosas que pasan. Por suerte llegamos a comunicarnos con los compañeros del coche para aclararnos los reajustes del encuentro. Es que los celulares andan mal y poco en esa zona de montaña.

Conversamos del día con los otros dos. Nos narramos las travesías. Y justo cuando les contábamos del helicóptero se lo vio aparecer de regreso de Snowdon.

Y pensé -como pienso siempre- qué suerte que tenemos hoy en día.

¿Qué hacían los montañistas en el pasado si tenían un accidente, si se rompían un tobillo? Con suerte estaban en una ubicación accesible y alguien daba aviso para que se armara una partida fuerte de rescate y se fuera a sacarlos de allí. Con suerte.

Y pensé -como pienso siempre, admirado- en la fortaleza física y mental de aquellos pioneros heróicos.

Y agradecí que hoy existan esas bestias amarillas que te pueden sacar drogado, colgando de un cable y transformar una épica heróica pero final en un poco de vergüenza y un crédito relativamente barato para seguir viviendo la montaña.

Un pensamiento en “Escalada: nieve fina y el sonido de las aspas

  1. Qué relato tan interesante, aunque se me eriza la piel de sólo pensar en estar en esa situación. Admiro no sólo a los escaladores, sino a los rescatadores. Ni qué decir de los pioneros que no contaban con las “bestias amarillas”.

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