Escalada: la lengua de las rutas

El primer miércoles de cada mes es día de reunión anual de mi club de escalada. Antes de juntarnos en el pub para programar viajes, contar anécdotas y, de paso, tomar un par de cervezas y comer unas fantásticas hamburguesas, algunos vamos un rato a escalar.

Hacía un tiempo que no iba a ese muro, en Brixton, así que estaba desacostumbrado a sus vías. Los 5+ me costaban, no pude hacer un par de 6a, pero sí un 6b (con algunas caídas).

Lo llamativo es que había estado escalando 6a, de primero, consistentemente en otro muro. Es cierto, me molestaba el brazo derecho. Creo que lo lastimé un poco levantando unos bidones de agua. Es ridículo, ¿no? Uno se la pasa escalando, y se arruina el brazo levantando un poco de agua.

Más allá de la molestia muscular, pensé que había algo más. Puede que sea un poco demasiado filosófico. Pero creo que cuando uno se enfrenta a una serie de problemas por primera vez, vías diseñadas por una persona distinta a las que uno suele escalar, toca aprender el idioma, la lengua de esa persona.

Algunos de los que diseñan vías prefieren movimientos fluidos, cortos, en los que el cuerpo va balanceándose de izquierda a derecha. Otros buscan máxima extensión, pasos dinámicos.

En algunas vías, uno se encuentra cambiando pies y juntando manos en casi todas las tomas (estas suelen ser de las que menos me gustan). Es como subir una escalera pisando cada peldaño con los dos pies.

Se siente raro. Poco fluido. Entrecortado.

En cambio en otras vías la mano derecha va claramente a una toma, la izquierda a la siguiente, los pies evolucionan naturalmente de un paso al otro, sin trabas. Uno olvida que es torpe. Tiene su placer la cosa ahí.

Pero uno y otro tipo de rutas, y los otros cientos que hay, todos son válidos, todos son buena práctica. Cuantos más estilos se pueden afrontar, mejor. Uno se va volviendo más versátil.

El problema es que al encotrarse con un nuevo estilo, la cosa cuesta. Y la pregunta que surge es: ¿de repente estoy ecalando peor? ¿En sólo una semana perdí tanto?

Un poco sí, posiblemente sí. Pero otro poco es que uno se desacostumbra al acento, a la cadencia de las rutas esas. A su forma de narrar el camino hacia arriba.

Es otra situación en la que la escalada pide un poco de paciencia, de apertura y atención. De sensibilidad para entender.

Con un par de caricias con suerte la vía empieza a hablar más claro, a volverse comprensible. Escalable y cómoda.

Vuelve la fluidez.

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