BBC Mundo – Noticias – Google Translator para… crear música

La tecnología se desarrolla y trae nuevos e inesperados usos. Y son estos usos impensables lo que la convierte en algo tan fascinante… ¿Hubiese usted imaginado alguna vez que el programa de traducción creado por Google, el “Google Translator”, podría utilizarse para crear ritmos en los que basar música?

Esto es lo que ha descubierto un usuario de la web denominado “Redditor harrichr” que ha encontrado la fórmula para convertir a la herramienta de traducción de Google en una máquina de sonidos improvisada.

Si no lo cree no tiene más que seguir las instrucciones:

1) Vaya a Google Translator

2) Seleccione alemán (german) como lengua de origen y de destino

3) Copie y traduzca la siguiente secuencia:

pv zk pv pv zk pv zk kz zk pv pv pv zk pv zk zk pzk pzk pvzkpkzvpvzk kkkkkk bsch

4) Haga click en escuchar (listen)

El alemán parece ser la lengua que mejor funciona para este truco, aunque no se descarta que puedan existir otras, ya que ahora se abre el espacio para la experimentación.

Yo acabo de probar esto usando español:

zh tk cshkp zh tk zh tk zh cshkp zhzhzh zh tk tk tk csh kp

Grosssso!

Lo que esconde el clásico Barcelona vs. Real Madrid – BBC Mundo

Messi vs. Ronaldo, Guardiola vs. Mourinho, el toque contra la verticalidad, la moderación contra la extravagancia. Todos los ingredientes para ser el partido más apetecible del mundo, pero con el temor que el paladar deportivo sea opacado por el agrio sabor del condimento económico.

Escalada: por qué no uso magnesio

“Que no se patinenen los dedos, que me aguanten, por favor. Esta toma está
algo lisa, algo chiquita, una porquería. Que nos se patinen, que no se
patinen.”

Si alguien que escala no tiene cada dos por tres esta preocupación
retumbándole en la cabeza, lo felicito. Yo creo que esto es algo que existe
desde el nacimiento de la escalada.

Y a problemas, búsqueda de soluciones. En Fontainebleau, la meca del boulder
francés, los viejos escaladores locales se untan las manos con la resina de
un árbol para mejorar la adherencia.

En una revista Climber and Rambler (publicación del British Mountaineering
Council) de los ’80 ví hace poco una publicidad de una “revolucionaria”
tintura para dedos que también mejoraría el agarre. Tal vez porque parecía
poco saludable, tal vez por estética (dejaba los dedos todos manchados) o
tal vez por costumbre no logró desplazar al hegemónico magensio, que empezó
a utilizarse en los ’50.

El magnesio ha sido la solución al problema de la adherencia por más de
medio siglo. ¿Pero hay realmente un problema?

En realidad yo creo que no. Y mientras crea que no, seguiré tratando de
escalar sin usarlo. Hay varios motivos por los cuales no me empolvo las
manos.

No uso magnesio porque…

… siempre me pareció raro

… por curiosidad decidí seguir la “regla” del club de escalada de no
usarlo

… se arruina menos la roca, se desgasta menos

… sin tocarlo en unos dos años estoy escalando posiblemente vías más duras
que nunca

… de todos modos al nivel al que escalo tampoco hace falta

… las manos no se me arruinan tanto

… implica un desafío mental al tener una “muleta” menos

… es una cosa menos para andar cargando

… en definitiva, cuanto menos cosas no imprescindibles se cargan más
grande es la sensación de libertad

No lo uso para vías con seguros móviles. No lo uso para escalada deportiva.
No lo uso en la roca ni en los muros artificiales. Tampoco lo uso para hacer
boulder.

Pero no soy ortodoxo, y si un día lo necesito lo voy a empezar a usar.

Cuando me aparezca el problema ya sabré cuál es la solución.

Qué pasa si un país abandona el euro ante la crisis – BBC Mundo

¿Estaría mejor Irlanda si dejara el euro y reviviera la libra irlandesa? ¿Se recuperaría la economía griega más rápido con un nuevo dracma?

Mucho se ha escrito sobre las teóricas atracciones para abandonar la eurozona que tienen los países en problemas financieros.

Pero la pregunta de cómo se haría se ha explorado menos.

Y cuando más se examina eso, queda más claro que las dificultades prácticas son enormes.

Escalada: nieve fina y el sonido de las aspas

El sonido de las aspas es casi inconfundible. Es difícil saber de dónde viene. Uno lo busca, impaciente. Se escucha rebotando contra las paredes de roca que rodean los valles.

Al final se hace ver, un mastodonte amarillo surcando el cielo bajito, casi en cámara lenta.

El helicóptero de rescate. Una visión espeluznante, que remueve miedos. Pero abriga esperanzas. Y buenos deseos para los pasajeros que va a levantar.

La primera vez que vi uno, bien de cerca, fue hace casi un año, en Escocia.

El fin de semana pasado, en Snowdonia, Gales, vimos dos. En realidad el mismo haciendo dos viajes.

El domingo, al final del día, después de hacer la última vía -no de escalada, esta vez- recorriendo el filo norte de Tryfan, estábamos con un compañero esperando que los otros dos, que se habían ido a caminar al lado del mar, nos vinieran a buscar en el coche.

Un poco aburridos, un poco impacientes, un poco con frío. Jugábamos al golf con un bastón de caminar al lado de la ruta, frente a un edificio que hace las veces de barcito, baño y centro de información.

Cada vehículo que entraba desde la curva nos entusiasmaba. “¡Son ellos!”.

No, no eran. Ni el otro coche, ni el siguiente. Esperar.

Seguimos con el golf. (Era claro que él había tomado clases. Yo nunca jugué. También era obvio.)

Fue entonces que escuchamos el zumbido. La primera vez estimamos por la dirección que estaba yendo a levantar a alguien en Tryfan, pero en la cara este, que tiene una serie de vías de escalada. Hace unas semanas con este mismo compañero y otros dos habíamos estado sobre esa pared, escalando Pinnacle Rib, una vía clásica de la zona.

Pinnacle Rib es fácil. Sólo tiene un tramito algo más complicado, de una roca preciosa llena de ondulaciones horizontales, que se llama Yellow Slab (placa amarilla). Y una chimenea algo tramposa al final, que se puede evitar escapándole por la derecha.

Pero el domingo había nieve por encima de los 700m (Tryfan tiene unos novecientos y piquito), una nieve finita que apenas cubría la roca y se volvía película de casi hielo apenas se la apoyaba un pie o una mano. Nosotros habíamos seguido el filo norte con muchísimo cuidado, para no patinar. Pero igual no fue más que una caminata con alguna que otra trepada muy simplona. Y si hubo algún patinazo fue de esos que hieren el orgullo, nada más.

Así que es posible que en la cara este alguien se haya dado un golpe. El deseo siempre es que sea poco y nada. Que sea un golpecito tonto, un tobillo roto o algo así. Una de las angustias es que uno nunca sabe. Es un misterio. El helicóptero se pierde por atrás de una cresta, entre las nubes, hace algo que uno no sabe bien qué es, y vuelve a aparecer para perderse del otro lado.

Pero el que sí sabía era mi compañero. Él había tenido hacía varios años una de esas caídas tontas. Un patinazo al mismísimo inicio de una vía. Herida de vergüenza, pero también del coxis. Fue en Francia. Me contó la historia y con ella develó el misterio de lo que hace el helicóptero después de perderse entre las nubes al otro lado de la montaña.

“Primero bajan un paramédico en un cable, que te hace las primeras evaluaciones y se fija que estés en condiciones de ser trasladado” (“¿Y si no estás en condiciones?”, pensé. No me animé a preguntar.)

“El helicóptero se va, se escapa del área en la que está más expuesto y mientras tanto el tipo te prepara para el traslado. Después el helicóptero vuelve y enganchan la camilla a la que te ataron al cable del malacate. Y levanta vuelo. A mí me levantó por arriba de la cima, colgado del cable, y me hizo dar un giro de montaña rusa. Después me bajaron al lado del camino.”

“Me iban a hacer ir en ambulancia al hospital, pero como les quedaba de paso decidieron llevarme ellos.”

Así se ahorró casi dos horas de viaje. Menos mal. Igual, por el dolor no había problema porque el rescate involucra el uso de morfina. Así que el hombre iba más bien drogado.

Me sentó bien que me contara esta historia. Le estaba agradeciendo internamente las palabras de la experiencia que conjuran arcanos, cuando el helicóptero volvió a aparecer.

En esta ocasión nos pareció que la dirección era otra. Se dirigía, estimamos -estimó mi compañero en verdad, porque yo estaba medio perdido en la geografía galesa- hacia Snowdon.

Snowdon es la cumbre más alta de Gales (1085m). El día anterior la habíamos alcanzado, el grupo completo, siguiendo un filo bien expuesto por una vía que se llama Crib Goch. Por suerte todavía no había caído nieve.

A poco de desaparecer el helicóptero apareció nuestro vehículo de rescate. Un Ford gris-plateado. Ya era hora. En realidad, era una hora más tarde de lo que habíamos quedado.

Nada grave. Son cosas que pasan. Por suerte llegamos a comunicarnos con los compañeros del coche para aclararnos los reajustes del encuentro. Es que los celulares andan mal y poco en esa zona de montaña.

Conversamos del día con los otros dos. Nos narramos las travesías. Y justo cuando les contábamos del helicóptero se lo vio aparecer de regreso de Snowdon.

Y pensé -como pienso siempre- qué suerte que tenemos hoy en día.

¿Qué hacían los montañistas en el pasado si tenían un accidente, si se rompían un tobillo? Con suerte estaban en una ubicación accesible y alguien daba aviso para que se armara una partida fuerte de rescate y se fuera a sacarlos de allí. Con suerte.

Y pensé -como pienso siempre, admirado- en la fortaleza física y mental de aquellos pioneros heróicos.

Y agradecí que hoy existan esas bestias amarillas que te pueden sacar drogado, colgando de un cable y transformar una épica heróica pero final en un poco de vergüenza y un crédito relativamente barato para seguir viviendo la montaña.

Escalada: la lengua de las rutas

El primer miércoles de cada mes es día de reunión anual de mi club de escalada. Antes de juntarnos en el pub para programar viajes, contar anécdotas y, de paso, tomar un par de cervezas y comer unas fantásticas hamburguesas, algunos vamos un rato a escalar.

Hacía un tiempo que no iba a ese muro, en Brixton, así que estaba desacostumbrado a sus vías. Los 5+ me costaban, no pude hacer un par de 6a, pero sí un 6b (con algunas caídas).

Lo llamativo es que había estado escalando 6a, de primero, consistentemente en otro muro. Es cierto, me molestaba el brazo derecho. Creo que lo lastimé un poco levantando unos bidones de agua. Es ridículo, ¿no? Uno se la pasa escalando, y se arruina el brazo levantando un poco de agua.

Más allá de la molestia muscular, pensé que había algo más. Puede que sea un poco demasiado filosófico. Pero creo que cuando uno se enfrenta a una serie de problemas por primera vez, vías diseñadas por una persona distinta a las que uno suele escalar, toca aprender el idioma, la lengua de esa persona.

Algunos de los que diseñan vías prefieren movimientos fluidos, cortos, en los que el cuerpo va balanceándose de izquierda a derecha. Otros buscan máxima extensión, pasos dinámicos.

En algunas vías, uno se encuentra cambiando pies y juntando manos en casi todas las tomas (estas suelen ser de las que menos me gustan). Es como subir una escalera pisando cada peldaño con los dos pies.

Se siente raro. Poco fluido. Entrecortado.

En cambio en otras vías la mano derecha va claramente a una toma, la izquierda a la siguiente, los pies evolucionan naturalmente de un paso al otro, sin trabas. Uno olvida que es torpe. Tiene su placer la cosa ahí.

Pero uno y otro tipo de rutas, y los otros cientos que hay, todos son válidos, todos son buena práctica. Cuantos más estilos se pueden afrontar, mejor. Uno se va volviendo más versátil.

El problema es que al encotrarse con un nuevo estilo, la cosa cuesta. Y la pregunta que surge es: ¿de repente estoy ecalando peor? ¿En sólo una semana perdí tanto?

Un poco sí, posiblemente sí. Pero otro poco es que uno se desacostumbra al acento, a la cadencia de las rutas esas. A su forma de narrar el camino hacia arriba.

Es otra situación en la que la escalada pide un poco de paciencia, de apertura y atención. De sensibilidad para entender.

Con un par de caricias con suerte la vía empieza a hablar más claro, a volverse comprensible. Escalable y cómoda.

Vuelve la fluidez.

USB – Satan’s Data Connection | Science | guardian.co.uk

Evangelical Christians in Brazil have apparently banned the use of USB connections after claiming the technology is the mark of Satan-worshippers (Hat tip: Fernando Frias). Apparently the revelation came after the evangelists noticed that the USB symbol resembles a trident. Presumably they’re not great fans of Britain’s ballistic missiles either.

USB - Satan's data connection