Una semana de montañismo y escalada en los Alpes franceses

Find here the English version of this post

Img_6002Img_5987Img_5988Img_5995Img_6000Img_5989Img_5990Img_6001Palavar-la-vie4-72Img_6003Img_6006Img_6007

Después de más de 10 horas de viaje en coche, incluyendo el cruce del Canal de la Mancha vía el EuroTúnel, llegamos a Ailefroide. Un paraíso para los amantes de la montaña, con opciones de rutas alpinas y vías de escalada deportiva sobre granito de pura fricción y pocas tomas para manos (en Ailefroide hice la que creo fue mi primera toma de uña, y funcionó). Hay hasta vía ferrata, pero no hice a tiempo de probarla; quedará para la próxima.

En el coche viajamos 4 miembros del BCC (Brixton Climbing Club), al que pertenezco. Allí nos juntamos con un grupo que había llegado antes. En total éramos 14, entre miembros del club e invitados. Cada uno con su carpita, en el camping municipal; un lujo. Está en la confluencia de un par de valles, que marcan el inicio de varias vías alpinas. Para donde se mire, la vista es espectacular. Las montañas rodean una serie de arboledas y praderas verdes y floreadas, donde se acampa. Se puede hacer fuego para animar con hogueras la noche y los baños y duchas están en súper buenas condiciones. A 5-10 minutos hay un par de edificaciones, la oficina de los guías, la de turismo, los infaltables locales de alquiler y venta de equipo de montaña, algún bar y un minimercado Spar, el lugar de compra de las provisiones (pain ou chocolat, baguettes, quesos y saucisson; también alguna cervecita o vino). Lo que no había era señal de celular. Nada de nada, como bien supieron Gema y mi familia… Perdones públicos por la falta de contacto.

Decía que llegamos a Ailefroide. Era sábado, tarde de noche. Armamos las carpitas y charlamos con los que estaban ya instalados. Después, a dormir. Por la mañana fuimos a hacer algo de escalada de vías de uno y dos largos. La verdad, hay que acostumbrarse al tipo de escalada porque es casi todo fricción de pies y poco y nada para las manos. Pero una vez que el cuerpo se va adaptando a los movimientos sobre las largas placas casi lisas se disfruta mucho.

No Pelvoux

Hicimos algunas vías y Alex, que venía insistiendo con hacer la travesía de Pelvoux -una ruta Alpina que arranca en el camping, sube hasta la cima del monte Pelvoux y regresa al camping a través del glaciar Violettes, logró convencer a otro compañero, Stephen, de encarar la ascensión. En las guías de montaña la ruta es de grado PD en la escala para ascensiones alpinas, sin embargo también aclaran que el descenso requiere de un equipo altamente competente en técnicas alpinas. Este último dato me hizo dudar desde el primer momento de estar en condiciones para hacerla. Pero como Stephen decidió acompañar a Alex (yo me siento más cerca del nivel de Stephen que el de Alex, que es un montañista más fuerte en general) decidí empacar para la travesía de dos días. Pero a 20 minutos de dejar el camping vino el primer abandono (y la lógica sensación de fracaso) del viaje. Nos cruzamos con un británico que estaba haciendo mountain bike. Nos preguntó para dónde íbamos. Le comentamos el proyecto y nos dijo que lo había hecho hacía poco con unos amigos. Así que le preguntamos más. Para empezar nos dio a entender que una sola cuerda -eso llevábamos- no alcanzaría para los rappeles de aproximación al glaciar Violettes. Stephen volvió al camping a buscar una segunda cuerda. El británico también nos dio otros detalles del descenso. Y ahí fue que decidí que no quería hacer la vía. Fue algo en la boca del estómago. Una sensación física que me decía que no, que no había que ir. Que mejor arrancar más despacio. Con algo de culpa pero con convicción le pedí perdón a Alex y le dije que algo me decía que no fuera y que no podía dejar de escuchar a mi propio cuerpo. Él me entendió, y emprendí el regreso. De bajada me crucé con Stephen. Le conté la decisión, también la respetó. Y abrió en él la puerta a sus propias dudas. Pero al final decidió seguir adelante. Las horas me dieron la razón, creo. Al menos en cuanto a mi propia decisión. Volví al campamento aliviado. Cargado con todo el equipo llegué a la ronda en la que estaba sentado el resto del grupo. Me miraron extrañados y me preguntaron qué pasó. Les expliqué y todos asintieron. Es bueno de la cultura montañera no sólo ayudar a los demás a superar sus límites y miedos, sino también la capacidad de entender cuando alguien pega la vuelta o dice: no, esto no. En ese momento lo valoré grandemente. No hubo ni una mirada de reproche. Y lo agradezco.

También es cierto que quedé preocupado por Alex y Stephen. Pero aunque no consiguieron el objetivo, y terminaron agotados, no pasó más que mucho esfuerzo y mucho cansancio. Llegaron al lugar donde tenían planeado hacer el vivac, pero muy tarde de noche porque habíamos empezado la ascensión demasiado cerca de la caída del sol. El camping está a 1500 metros sobre el nivel del mar. El refugio de Pelvoux, al lado del que iban a hacer noche, está a unos 2700 metros, así que la falta de aclimatación a la altura hizo efecto sobre sus cuerpos (y luego vi cómo me afectó a mí, al día siguiente). También pagaron el precio de la tardanza, durmiendo menos horas de las que debían. Finalmente, demasiado agotados, sólo llegaron a ascender hasta al collado desde donde arranca el couloir Coolidge, que es la “avenida” por la que se hace la aproximación final al Pelvoux. Desde allí, si no recuerdo mal, hicieron algún pico menor. La salida sirvió igual, fue un reconocimiento para un intento que hicimos días más tarde, que no incluiría la travesía, sino sólo un intento de llegar a la cima del Pelvoux y volver por el mismo camino del ascenso.

Mientras ellos dos subían, yo me quedé algo preocupado. Sólo me tranquilicé cuando al día siguiente, cerca de las 4 de la tarde  -si no más- vimos llegar a Alex, quien nos contó que Stephen estaba detrás, porque había perdido su cámara de fotos y había subido de nuevo al refugio a ver si la encontraba -no la encontró, lamentablemente. De tanta pasada por el refugio Stephen pegó buena onda con el refugiero, algo que nos vendría de maravillas días más tarde.

Alex llegó después del almuerzo, que a su vez vino después de que casi todo el resto del grupo nos la pasáramos la mañana escalando vías de uno y dos largos a unos 15 minutos del camping, sobre una pared que podía ver desde mi carpa. Divertido de nuevo el granito. Creo que hice una vía de 5b ese día. O 5a. Seguro, seguro que 5b fue lo máximo que primereé en este viaje. Aunque Stephen y yo estamos convencidos de que un 5a que hicimos el último día, los dos de primero, era en realidad un 5c. En fin… ¡los eternos debates sobre los grados de las vías!

Medio Sélé

Tranquilos con la aparición de Alex (horas antes habíamos escuchado el preocupante zumbido grave de un helicóptero de rescate), terminamos de preparanos para la partida. Nos juntamos diez para hacer la ascensión al glaciar du Selé, que nos llevaría hasta el col du Sélé, a más de 3600 metros de altura. El grupo lo lideró Jon, que ya había estado el año pasado allí y conocía la ruta.

Arrancamos tarde (es difícil mover a mucha gente; dicen que por cada persona en estos viajes hay que sumar 10 minutos para mover al grupo). Jon estaba preocupado porque quería pasar una pared de unos 200 metros, que hay que subir tomándose de cuerdas fijadas a la roca, antes de que anocheciera (sobre todo porque entre los 10 había algunos miembros con menos experiencia). Así que apuramos el paso, especialmente yo, que estuve durante un buen rato marcando el ritmo. Llegamos a las cuerdas fijas con el tiempo justo para llegar a la parte alta antes de que se fuera la luz. Pero yo estaba agotado. Sentía más que cansancio una cierta debilidad, como si el centro de mi cuerpo, no las piernas, estuviera pidiendo descanso y mimos. Una sensación que finalmente le adjudiqué al efecto de la altura, la falta de hidratación (durante el día hace calor allí, en esta época del año) y no haber comido tan bien como habría podido. Después del vivac, que si no recuerdo mal cortamos a las 4 de la mañana, a todo esto se sumó el sueño pobre de dormir en altura a la intemperie. En el camino ya habíamos perdido a Keith, quien agotado decidió volver al camping antes de llegar a la pared de las cuerdas y a Priit y su novia Hannah, que venían mucho más lento, y luego supimos que hicieron noche sobre una repisa de la pared, para subir al día siguiente hasta el inicio del glaciar.

Al despertar del vivac tomé unos sorbos de agua, me comí una barrita de cereales y repartimos las cordadas. Éramos 7. Jon lideró la primera, en la que estaban Claudia (su novia), Sasha y Fabien. Yo lideré la segunda, en la que también estaban Katie y Chris. Creo que la podría haber liderado Chirs. Pero así se dio. Otra vez creo que nos impusimos un ritmo demasiado fuerte, que los únicos que parecieron no sufrir fueron Sasha y Fabien (que durante todo el viaje demostraron un estado envidiable).

En la mitad del glaciar, después de mucho pelear contra la resistencia de mi cuerpo a seguir avanzando, el destino me regaló la oportunidad de pegar la vuelta. Jon me pidió que me acercara a él y Claudia, que habían estado conversando por un minuto, tras detener la marcha. Cuando llegué a su lado vi a Claudia con la cara desencajada. Jon me explicó que ella no podía más, que quería bajar y que él la acompañaría, porque como todos sabemos, en la nieve/hielo, no se puede dejar a una persona sola. Me pidió que siguiera con el grupo yo. Pero entre mi propio cansancio, y el hecho de que él conocía bien la ruta y tenía más experiencia le sugerí que hiciéramos al revés. Por suerte, aceptó. Cambiamos las cordadas, y Claudia y yo emprendimos la vuelta. A pesar de que el cuerpo me lo agradeció, algo en mí empezaba a sentir frustración. Había ido con la intención de completar algún objetivo, pero parecía que no se me iba a dar con tanta facilidad.

Con Claudia bajamos despacio. En el lugar donde habíamos hecho el vivac, y donde habíamos dejado bolsas de dormir y otras cargas extras que no necesitaríamos sobre el glaciar, dormimos una siesta espectacular, arrullados por el sonido del río que nacía a metros nomas a nuestras espaldas y ese silencio que dan las montañas, con algún ave cantando muy de vez en cuando. Después de una hora, seguimos viaje hacia el camping. El cuerpo parecía agradecer cada metro que bajábamos, a pesar de que el camino se hacía eterno. Así que a medida que recuperaba el aire, más bronca me daba no haber seguido hacia arriba. Sólo me consolaba el hecho de que el detonante de la bajada había sido Claudia y no yo mismo. Pero no era suficiente. Hice el sano ejercicio de recordarme lo mal que me estaba sintiendo sobre el glaciar. Creo que la razón triunfó. Pero me quedaba el deseo.

12 largos en el granito de Palavar

Pasamos la tarde descansando y charlando con Alex y Stephen y los otros que estaban ya en Ailefroide. Con Stephen decidimos que al día siguiente escalaríamos el cerro Palavar, justo detrás del camping, por la vía Palavar les Flots. Son 400 metros en 12 largos de máximo grado 5b (el link está mal, son 12 largos, aunque creo que los últimos dos se pueden unir).

Nos despertamos a las 4 de la mañana (se arranca muy temprano en los Alpes), e hicimos la aproximación a la vía junto a Alex y Sasha, que iban a encarar una vía más difícil sobre el mismo Palavar (con un largo de 6b+). El pronto inicio valió la pena, con Stephen fuimos los primeros en la pared, y llegamos justo unos minutos antes que una pareja holandesa, que nos vino pisando los talones todo el tiempo, a pesar de que no íbamos particularmente lento (promediamos los 27 minutos por largo, contando armado de relevos, ascenso del segundo, etc.). Se podría haber hecho más rápido, pero nos lo tomamos con calma. Fue un alegrón cuando completamos el último largo y sentí que se había cumplido un objetivo (bueno, la mitad de un objetivo, porque faltaba la bajada). La verdad, técnicamente me resultó fácil, así que a mayor exigencia fue de constancia, por el largo de la vía. Claramente la mayor exposición estuvo en los rappeles, que creo que fueron 6. Varios aéreos, con el consabido “dolor de arnés”. El primero nos salió medio lento y se nos venían encima los holandeses, pero después aceitamos el mecanismo, y ya los dejamos atrás. Volvimos contentos al camping. Una vez allí, planteamos el siguiente objetivo: encararíamos de nuevo el Pelvoux. Esta vez iríamos 7. Alex, Sasha, Fabien (una cordada) y Stephen, Priit, Hannah y yo (la otra).

Esta vez todo fue mejor planificado. Salimos el jueves temprano por la tarde, después de un abundante almuerzo. Yo dudé porque no me sentía del todo bien. Intuí una trampa del cuerpo y decidí que iría igual, hasta donde pudiera. Si no llegaba lejos, mala suerte; al menos lo habría intentado. El plan era hacer vivac 200 metros más arriba del refugio y, si podíamos, aún más arriba, para arrancar con ventaja en la madrugada. Pero pararíamos en el refugio a cenar, para estar bien alimentados antes de atacar la parte dura del ascenso.

Otro enfoque, otro Pelvoux

Yo cambié completamente la filosofía de la subida al refugio con respecto a lo que había hecho con el glaciar de Sélé. En vez de apurar el paso me impuse la lentitud. Apenas sentía que se me aceleraba un poco el ritmo cardíaco bajaba la velocidad. La mayoría del grupo se me adelantó. Los crucé en un descanso, y les dije que como iba bien con mi paso, no iba a frenar. Fueron 3h20 de caminata sin una sola parada, subiendo de 1500 a 2700 metros (40 minutos menos de lo que habían tardado Stephen y Alex en su primer intento). Llegué antes que Priit y Hannah y después que el resto, aunque no tanto después (a excepción de Sasha y Fabien que tardaron bastante menos). Durante todo el camino me cuidé de beber bastante agua. Y la verdad es que después de todo el esfuerzo apenas estaba cansado. La estrategia dio resultado. Y fue un gran aprendizaje: en altura no se puede apurar el paso, hay que escuchar al cuerpo, ir de a poco, aclimatarse, comer bien cuando se puede y beber todo lo que se pueda. Espero no olvidarme de esta lección y saber aprovecharla en futuros proyectos de montañismo.

De todos modos, no todo salió a la perfección. El intento tuvo sus percances. Al llegar al refugio preguntamos por la cena, pero nos dijeron que tendríamos que haber reservado. Al final mostrando la buena voluntad que tuvieron con nosotros todo el tiempo, el refugiero y la cocinera acordaron servirnos sopa y omelettes. Estábamos extasiados con la idea. Pero teníamos que esperar. Eran apenas las 4.30 o 5 de la tarde y la cena se servía a las 6.30. Aprovechamos para descansar. Y para esperar la tormenta. Todos los días venía lloviendo por 2 o 3 horas a la tarde. El agua venía entre las 3 y las 7 de la tarde, como muy tarde. Habíamos calculado llegar al refugio antes de la tormenta, cenar allí mientras pasaba, y luego subir hacia el vivac. Le escapamos por detrás, pero la lluvia nos tendió una trampa por delante. Cuando estábamos terminando la exquisita sopa y el sublime omelette empezó a gotear. Y no paraba. A las 9 nos preocupamos, porque quedaba poco rato de luz. Pero ya cerca de las 10, cuando el agua seguía cayendo, estábamos ciertamente descorazonados. Íbamos a tener que salir a oscuras, empaparnos y pasar unos pocas horas de sueño miserable antes de arrancar la parte verdaderamente dura de la ascensión.

Acá toca agradecer de nuevo al refugiero, quien se portó realmente de primera. Como nos vio en esa situación tan patética, nos ofreció el cuarto de cocina de los huéspedes para que tiráramos allí nuestras bolsas de dormir. Fue una bendición. Descansamos muy bien, a pesar de los ronquidos (fundamentalmente míos). Y a las 3 de la mañana nos despertamos, en silencio y muy eficientemente preparamos los equipos y nuestras mochilas livianas, dejamos bolsas de dormir y otros petates en el refugio e iniciamos el camino hacia las partes altas del macizo.

La cordada de Alex, Sasha y Julien se adelantó, con la mira puesta directamente en la cima del monte Pelvoux. Mi grupo, a cuyo frente estaba Stephen, optó por ir algo más despacio (Hannah no tenía tanta experiencia de montaña y llevaba un ritmo más lento) y decidir más adelante si iríamos hacia el Pelvoux o uno de sus satélites, la aguja de Pelvoux. Iluminando el camino con las linternas, pasamos el primer escollo, una corta pared que tocaba trepar para llegar a una suerte de morrena que conduce a la plancha de nieve que forma la vía de acceso al Pelvoux y sus satélites. Poco después de pasar la pared me dí cuenta de que se me había caído del bolsillo del rompevientos el GPS que me regaló Gema. Me puse de muy mal humor, dejé la mochila allí y bajé corriendo a buscarlo. Tuve suerte. Antes de destrepar la pared otro grupo que venía subiendo apareció en la picada. El hombre que iba al frente extendió su brazo mostrándome un objeto y dijo “¿GPS?”. Sí, era. “¡Mercí! ¡Très bien!”, estallé en mi lamentable francés. Y así se resolvió otra inclemencia de este ascenso.

Contradiciendo el mandato que me había autoimpuesto, por querer alcanzar a mi grupo lo más pronto posible y no hacerles perder tiempo, apuré el paso hasta llegar a la mochila. Aunque no me detuvo, la torpeza hizo que me llevara mucho tiempo recuperar la respiración normal, y me atacó el miedo de que se repitiera la sensación del Sélé. Por suerte no sucedió. Stephen se portó súper bien, me lo encontré a mitad de camino hacia la nieve, esperándome.

Cuando llegamos al inicio del campo nevado, calzamos grampones, desenfundamos piquetas, y arrancamos el ascenso por las gigantes dunas blancas. Stephen al frente, Hannah y Priit en el medio, yo al final. Los más experimentados y/o fuertes del grupo van en los extremos. Cuando llegamos el couloir Coolidge, donde decidiríamos qué camino seguir, vimos que los grupos que ya estaban sobre el couloir parecían estar estáticos, así de lento avanzaban. Stephen sugirió que no encarásemos esa vía, y optáramos por la menos demandante aguja de Pelvoux, que nos llevaría menos tiempo y evitaría exponernos a nieve demasiado blanda y caídas de roca si dejábamos pasar demasiadas horas de sol calentando las superficies del macizo. A mí me pareció una muy buena decisión, y al resto del grupo también. Fue buena, porque siendo cuatro y un grupo desparejo, el avance se hacía relativamente lento. Pero tuvo otra ventaja: como todos los otros grupos fueron al Pelvoux o a otros objetivos, tuvimos el lujo de estar sólos desde el momento en que dejamos la base del couloir.

Llegamos hasta la base de la aguja. Dejamos las mochilas bien atadas a un bloque de roca (Priit ya había dejado caer una botella de agua que traté de atrapar, pero ya había ganado demasiada velocidad sobre una nieve apenas empinada; y Hannah perdió de la misma forma una Spfork -cuchara, tenedor y cuchillo, todo en un mismo utensilio-) y primereé unos 50 metros de un couloir empinado (diría que el equivalente a un grado I de la escala escocesa). Siguieron Hannah y Priit, y finalmente Stephen, quien primereó el resto de lo que quedaba de nieve hasta la base de roca. Nos juntamos allí. Probé subir parte de los 20-25 metros de roca que nos faltaban para llegar a la cima de la aguja, pero con los grampones no me sentía del todo cómodo, y tras unos 4 metros bajé y le dije a Stephen que tendría probablemente que sacarme los grampones y además equipar la vía, aunque era relativamente fácil. Él estaba preocupado por el tiempo y temía que mi subida, más luego la de los chicos y la suya, más un rappel extra para el descenso haría que se nos hiciera muy tarde.

Así que subí con los grampones 4 metros (una muy muy pequeña práctica de dry tooling, digamos), que nos pusieron encima de una mini agujita que estaba al lado, y que nos dio una vista espectacular. Le di seguro a los otros tres, estuvimos un minuto ahí. Les dí seguro para que bajaran y después le pedí a Priit que me diera seguro desde abajo, tras pasar la cuerda por una roca. Recuperamos la cuerda y armamos el rappel, usando una cuerda que ya estaba atada a una gran roca. Todo se veía muy firme. Otra vez Stephen tuvo razón, el rappel se nos hizo súper largo, así que estuvo bien ahorrar tiempo. Rappelé primero, y en vez de bajar por donde subimos me moví hacia la izquierda, hacia una zona de roca que me pareció que nos haría más fácil el descenso hasta las mochilas.

Satisfacción

Era un rappel medio complicado, porque estaba bien corrido hacia la izquierda, y había que tener cuidado de no pendular o de que la cuerda se trabara al intentar recuperarla. No hubo problema con eso. Les dí seguro a los otros tres para que destreparan la parte de roca y llegaran a un descenso de nieve fácil. Después bajé yo, era fácil así que no hacía falta dar seguro. Stephen siguió sin él a mitad del descenso. Nos reunimos con las mochilas y emprendimos la bajada hasta el refugio. Yo ya me sentía contento y realizado. Pero todavía no habíamos terminado. La nieve todavía estaba bien, pero se notaban signos del sol. Nos movimos lo más rápido posible, y sobre algunas de las paredes más verticales que rodeaban a esta especie de valle blanco vimos algunas espectaculares avalanchas. Salvamos bien un par de grietas y cuando subimos a la morrena respiramos hondo. Sonrientes nos sacamos fotos, descalzamos los grampones, enfundamos las piquetas y fuimos al encuentro de la otra cordada en el refugio.

Los otros tres nos esperaban con pinta de bastante cansados, pero contentos de haber hecho cumbre en el Pelvoux. Nos compramos unas deliciosas porciones de tarta de frambuesa. Descansamos un rato, y arrancamos la bajada hacia el camping, cada uno por su lado, saboreando en pura introspección la experiencia vivida. Si no hay errores en los datos del GPS, fueron unos 21km de marcha, en unas 17 horas, pasando de 1500 a casi 3700 metros de altura. Tiene su gustito a épica, ¿no? Yo estaba muy satisfecho, teniendo en cuenta que el día anterior me sentía mal, y que me había propuesto como objetivo llegar al refugio, y después ver -si me sentía con fuerzas- qué más podía hacer.

A la media hora de bajada me alcanzó Alex, estaba súper cansado, lo que dio más razón a la decisión de mi cordada de no ir hacia la cima del Pelvoux. Cansado pero feliz, igual que todos. Bajamos tranquilos, a buen ritmo pero sin desesperación. Esa noche Stephen decidió estrenar una parrillita portátil que le regaló la hija, así que compramos unas brochettes en el supermercadito y nos dimos una buena panzada, con algo de tinto frente al fogón. Era viernes por la noche. Nos quedaba la mañana del sábado y después partir.

El sábado desmontamos campamento, preparamos el equipaje grande y nos fuimos a escalar unas vías cortas, para la despedida. Hice ese 5a que diría que es 5c y dos 5b, uno como segundo, que Katie primereó y otro de primero, que hice dos veces, porque confundí la vía. Un ataque de purismo, imagino. Quedándonos con ganas de más pagamos en camping, subimos al coche y volvimos a Londres. Fue otra maravillosa experiencia en la montaña, disfrutando de las bondades de la naturaleza y de las muy buenas cosas que da la naturaleza humana, como lo mostraron el refugiero del Pelvoux, el hombre que me devolvió el GPS y, sobre todo, los compañeros de escalada.

Actualización: un agradecimiento para los muchachos de Mountain Weekends, que sumaron este post a esta buena compilación de recursos sobre escalada en los Alpes en español: http://mountain-weekends.blogspot.com/2010/07/escalar-en-los-alpes.html

Un pensamiento en “Una semana de montañismo y escalada en los Alpes franceses

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s