En la calle de los joyeros

De mañana un taxi de los negros, de los de Londres, paró en la calle de los joyeros. De atrás bajó la pasajera. Se acercó a la ventanilla del conductor, como para pagar. No lo hizo. En cambio acercó su cara a la de él y lo besó. Nada rotundo. Una medida de un beso añejo. Un beso de "que tengas un buen día y nos vemos por la noche". Media sonrisa en los dos, mientras ella se alejaba y sus mañanas se volvían singulares.

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